Malo

Camilo Vázquez Taboada. 50 años. Lalín. Técnico administrativo


María se despertó sobresaltada y sudorosa. Encendió con ansiedad la luz de la lamparilla. Miró a su alrededor y comprobó que todo seguía en su sitio. Sus libros, sus dibujos y aquel antiguo reloj de pared que había comprado un domingo en el rastro. Al otro lado de la ventana, la luz de los faroles se colaba entre las rendijas de la persiana mal cerrada. Había tenido una pesadilla. Otra más. Llevaba demasiado tiempo durmiendo mal, y en las pocas horas que lo hacía sus sueños se poblaban de monstruos esperpénticos. Los sótanos de sus recuerdos estaban llenos de fantasmas que algunas noches se asomaban por los ventanucos de su memoria. Ya no podía conciliar el sueño de nuevo, así que decidió subir a la terraza para contemplar la noche de invierno. Era una noche estrellada y clara. Quizás nunca se vea un cielo tan hermoso como en invierno. A lo lejos, unos gritos en la acera llamaron su atención. Las sombras de una pareja discutían con vehemencia al trasluz de una farola. Súbitamente, los recuerdos más agrios y recientes emergieron de su memoria en un carrusel de diapositivas que consiguieron que su piel se erizase de puro pánico.

Tantas y tantas madrugadas de miedo anunciadas por el torpe tropezar de sus llaves contra la cerradura de la puerta, por el olor a tabaco y a ginebra del fétido aliento machista que desprendían sus gritos y sus insultos y que no eran otra cosa que el preámbulo de los golpes sobre su cara blanca y desnuda. Noches negras ahogadas en llanto, como las pesadas lápidas de piedra del cementerio de su amor y su matrimonio, como las noches oscuras de tormenta que solamente amainaban al día siguiente, cuándo él regresaba al exilio del bar. Mañanas de moratones que asomaban bajo el maquillaje, de hematomas que escocían en silencio ajando su verde corazón marchito.

María cerró los ojos y apretó los puños con fuerza apoyados en la baranda de la terraza mientras su boca mustia gritaba en silencio que jamás volvería a pasar por lo mismo. «¡Cabrón, cabrón eres, te maldigo mil veces… no se daña a quien se quiere!». Una lágrima corrió por su mejilla despertándola de su mal sueño para comprobar que los gritos en la calle habían cesado. Desde la terraza de la casa de acogida, donde dormía desde hacía semanas, contemplaba aquella pareja que se devoraba a besos apoyados en el quicio de una puerta. Las luces zigzagueantes de la ciudad se confundían con las estrellas mientras los perros del barrio ladraban a la noche clara.

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