Juegos de azar


«¿Juegos de azar? No, gracias», dice mi amigo. A mi amigo no le gustan los juegos de azar, no participa en ninguna apuesta y solamente compra alguna participación en la Lotería de Navidad para cumplir con algún familiar o amigo que le regalan justamente eso, lo que a él no le gusta hacer. Le he preguntado si había algún motivo especial para tener ese comportamiento con relación al juego y me cuenta que hace ya muchos años, cuando era todavía muy joven, habían comprado entre varios amigos un décimo de lotería cada uno. Salió premiado y, cuando buscó el billete para hacerlo efectivo, se llevó la gran sorpresa: no apareció por ninguna parte. Reclamó, pero no hubo forma de cobrarlo, y la respuesta a la reclamación fue que el mencionado décimo ya había sido abonado. Desde entonces, con la excepción de la Lotería de Navidad para sus compromisos, dice que nunca más volvió a jugar. ¿Pero fue ese el principal motivo por el cual tuvo siempre esa actitud negativa en relación con los juegos de azar? Seguramente que no. Me contó que recientemente volvió a tomar contacto con un viejo amigo que después de hacer el servicio militar se había ido a Madrid. Allí estudió Ciencias Sociales y ejerció en varias dependencias durante toda su vida laboral. Llegado el momento de su jubilación, regresó a su ciudad natal. Salían a pasear con asiduidad y en sus conversaciones, entre otras, también salió a relucir la poca afición que mi amigo tenía a los juegos de azar.

Uno de esos días que se encontraban paseando, se sentaron en un banquillo y, casualidad, casi frente a él había una administración de loterías y delante de ella esperaban algunos clientes. Mi amigo, demostrando una vez más que los juegos de azar no eran santo de su devoción, le dijo a su acompañante: «Mira, toda esa gente que está esperando para comprar un décimo, hacer una quiniela u otra apuesta, se gastan el dinero y al final se quedan sin él, la suerte raramente favorece al necesitado».

Es posible, pero, sin embargo, pensando en su larga experiencia laboral, le dijo este, que había otros muchos motivos por los cuales aquella gente intentaba probar fortuna. Y tú, mi querido amigo, por lo que vengo observando en tu comportamiento no ves necesario que te favorezca esa fortuna.

¡Lo que a ti te sucede, hablando claro y patente, es que no la necesitas, cabroncete!

José Manuel Fernández Ramos, 82 años. Narón. Pensionista.

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