Este es el año de las ortigas, una de las plantas silvestres más ilustres

Son muy apreciadas en agricultura ecológica porque siguen de refugio a muchas especies de insectos beneficiosos


Amigos da terra vigo@tierra.org

Las plantas tienen sus ciclos, sus momentos y, en algunos casos, sus años. A poco que nos fijemos a nuestro alrededor, este es el año de las estrugas, ortigas para los amigos y Urtica Dioica para los íntimos. Excusa perfecta para conocer mejor a una de las plantas silvestres más ilustres de nuestro entorno, actualmente conocidas despectiva e injustificadamente como una de las malas hierbas.

Nuestra amiga tiene infinidad de nombres populares pero ninguno tan adecuado como el de herba dos cegos. La cosa tiene mucho sentido porque, sin duda, no existe otra planta más fácil de identificar con solo tocarla. Son como centenares de microscópicas agujas hipodérmicas de cristal en cada hoja listas para romperse e inyectarnos su contenido urticante, la acetilcolina si tienen curiosidad, al mínimo roce.

El contacto con las ortigas es una experiencia inolvidable, aunque no muy agradable, pero reconozcamos que como mecanismo de defensa es muy eficaz. El remedio popular de frotarse en la zona afectada con hojas de hortelana, menta o hierbabuena (la naturaleza tuvo el detalle de hacer que suelan crecer juntas) tiene que ver con el frescor, que viene siendo efecto vasoconstrictor, que alivia el picor y reduce la inflamación. Aplicar cualquier cosa fría alivia igual sin necesidad de arrancar otras plantas.

La estruga es fácil de reconocer a simple vista. En caso de duda solo hay que tocarla. Es una planta tirando a grande, puede superar el metro y medio, con hojas aserradas y puntiagudas de un tono verde intenso y unas discretas flores blancas que crecen en racimo justamente estos días.

En grupo

Por lo demás, es casi imposible ver un ejemplar aislado, pues crecen en grupos y les gustan especialmente los suelos ricos en materia orgánica, porosos y con humedad constante, es decir, los mejores tipos de suelos aunque, cosmopolita ella, no rechaza los suelos alterados e incluso los basureros por lo que es frecuente verla también colonizando las cunetas.

Nuestras amigas son especialmente apreciadas en la agricultura ecológica por un doble motivo: por una parte, sirven de refugio a muchas especies de insectos beneficiosos (que se zampan a sus primos considerados plagas) y, por otra, el macerado líquido de sus hojas es un eficaz repelente para insectos picadores chupadores y pulgones, además de un excelente abono foliar, para las hojas, vaya.

Llegados a este punto quizás nos sorprenda saber que nuestras ortigas son comestibles y, además, están riquísimas. Eso sí, no al natural. El dato precisa su correspondiente explicación: es necesario un proceso previo. Se recolectan (con guantes) solamente las hojas jóvenes, se las deja secar al menos un día (ahí perderán su efecto urticante), se las escalda un minuto en agua hirviendo y luego apliquen la imaginación. Todo lo que se les ocurra hacer con grelos, espinacas, berzas, etc. pueden hacerlo con ortigas.

Sin ir más lejos, un sencillo revuelto de ortigas dejaría boquiabierto a Ferrán Adriá y llorando a Gordon Ramsay, pero tampoco nos pasemos porque su consumo en exceso, por su abundancia en nitratos, tampoco es recomendable. Además de sabrosas son saludables, pues aportan infinidad de minerales (hierro, calcio, zinc y magnesio) y muchas vitaminas A, C y E.

Los usos medicinales tradicionales tampoco se quedaban cortos y nuestras amigas se utilizaban, con distintos sistemas de preparación y utilizando diferentes partes de la planta, para curar afecciones de la piel, como analgésico y astringente, como diurético y depurativo, antiinflamatorio, antihistamínico, alivio de gripes y catarros, hipoglucemiante (incluso se dice que alivia la resaca) y más.

Precaución

Como siempre que hablamos de las aplicaciones medicinales o gastronómicas de las plantas silvestres recomendamos la mayor precaución y el asesoramiento experto antes de lanzarse a experimentar. Con las ortigas debemos añadir otro factor que hay que tener en cuenta: su capacidad de fijar metales pesados. Di se les da por probar procuren recolectarlas lo más lejos posible de las carreteras y de zonas fumigadas con agroquímicos. La siguiente recomendación es la mesura. Es una especie todavía común y abundante, pero tampoco nos lancemos a recolectarlas no vaya a ser, ejemplos abundan, que nuestra avaricia las lleve al peligro de extinción. Ante todo cumplen una función vital en la naturaleza y la utilidad para nuestra especie debemos considerarla como secundaria.

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