A la siega a 27 kilómetros por hora

Un ourensano prolonga cada año la tradición de los recolectores gallegos que iban a Castilla recorriendo con su cosechadora 250 kilómetros hasta la Meseta


Antaño, a mano, con una hoz y en jornadas agotadoras de trabajo a 35 grados al sol. Hoy en día, en parecidas tesituras climatológicas y laborales, pero con una supercosechadora de 250.000 euros. Santos Gómez Pérez es un ourensano de Abavides, en Trasmiras, que da continuidad a una larga tradición de cosechadores gallegos en el duro trabajo de la recogida del cereal en la ancha Castilla. Esa historia de faenas agrícolas en los albores del verano más allá del Padornelo comenzó en el siglo XIX, fue a más en las primeras décadas del pasado siglo y se mantuvo hasta fechas recientes. Las estrecheces económicas obligaban a muchos limianos y verinenses a desplazarse como operarios agrícolas a Zamora, León, Valladolid o Palencia, donde ganaban míseros jornales en la recolección del trigo y del centeno.

Santos lleva dos décadas haciendo lo mismo, contribuyendo con su esfuerzo a que el granero de España pueda recoger su cereal en las debidas condiciones. Pero lo hace motorizado. Su Lexion 530, una de las cosechadoras más grandes de la provincia, se desplaza todos los veranos hasta tierras castellanas. Allí esperan jornadas de más de 15 horas. «Todos los años vamos allí. Es un viaje duro. Te lleva unas once horas, ya que debes viajar por la nacional a 27 kilómetros por hora con una cosechadora muy grande. Aunque es más aburrido aún para el que conduce el coche que va acompañando a la máquina», relata. El destino es Villanueva del Campo, una localidad a medio camino entre las cuatro provincias mencionadas. 

La necesidad de dar rendimiento a su permanencia en tierras castellanas obliga a un enorme esfuerzo físico. «No es la primera vez que tenemos que laborar por la noche hasta las cinco de la mañana», explica. Y añade: «Lo normal es que allí se empiece muy pronto con la siega; a las siete ya estamos en la finca». 

Hambre, sueño y calor

¿El sobreesfuerzo merece la pena? «Tengo tres cosechadoras. Es una inversión grande y solo se trabaja unos pocos meses al año, primero en Castilla y luego aquí, hasta septiembre. Hay que tirarse muchas horas diarias, no queda más remedio. En la Meseta pasas hambre, sueño y calor pero, ¿qué se va a hacer?», comenta. Gómez cobra por hora de trabajo con su máquina, que es capaz de recoger en un jornada cientos de miles de kilos de cereal. ¿Diferencias entre el agro castellano y el ourensano? Las hay. «Allí los agricultores aseguran las fincas ante posibles problemas como inclemencias climatológicas. Aquí no sucede así», asegura.

Sobre cómo fue la cosecha asegura que muy parecida a la que se prevé para A Limia: «Allí también se recogió muy poco trigo esta campaña. Y se paga a 19 céntimos, que es un precio muy bajo. Esto cada vez va a menos». En esta ocasión fueron 21 días de labor, en los buenos tiempos estaba un mes o más.

«Van quedando pocas cosechadoras de este tamaño en la comarca», resume. El futuro, tras 35 años manejando estas máquinas, es incierto para Santos, como para todos los que viven del campo. Ya casi en edad de jubilación, asegura que, por el momento, continuará yendo a «hacer las castillas».

La precaria situación de Galicia convirtió a muchos agricultores en temporeros del campo castellano, ya desde el siglo XIX. Caminaban a pie hasta la Meseta durante varias jornadas y se quedaban allí, a veces, dos o tres meses. A principios del pasado siglo se contabilizaron más de 3.000 operarios desplazados en menos de una semana. La migración temporal llegó a inspirar a Rosalía de Castro: «Castellanos de Castilla, tratade ben aos galegos...». En no pocas ocasiones, sobre todo en el siglo XIX, las extremas condiciones laborales le costaron la vida a más de un operario del campo ourensano en las áridas tierras castellanas.

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