Viene septiembre


Ya se percibe septiembre desde las ventanas de mi pueblo. Sí, abro la ventana en este pueblo de montaña donde nací, donde ahora, después de años en la ciudad, tengo mi trabajo.

El sonido de la motosierra preparando la leña para la llegada del frío, la luz tenue de la mañana, el olor a soledad del pueblo nos acerca al mes de las despedidas, al mes donde casi todos se van. En los setenta los chicxs, al comienzo del curso escolar nos íbamos a estudiar fuera, pero nuestros abuelos, padres, y algún hermano mayor se quedaban aquí dando vida a este mundo rural.

El mismo que hoy vemos como día a día va desapareciendo. Ahora las casas cierran, los estudiantes se van, los padres les acompañan y los abuelos con la llegada del mal tiempo también eligen la ciudad para refugiarse del frío y de la soledad de la aldea.

Después de un verano de ruido, de gente que regresa por vacaciones a sus pueblos, los que tienen suerte como el mío se llenan de vida hasta septiembre, los demás ni el verano parece resucitarlos. El otoño llega con su alfombra de hojas secas, con su melancolía, con su soledad, el paisaje tan apreciado por el turismo se queda sin paisanaje tan abandonado por la política y la sociedad entera. No parece que las políticas hechas hasta ahora sean capaces de fijar población, al revés, cada año el campo queda más despoblado.

En este estado de crisis, no solo económica, habría que preguntarse si la vuelta al campo no es solo una solución, sino una necesidad vital. Buscamos soluciones en el mal llamado progreso, olvidando lo natural, olvidando la economía sostenible, olvidando los valores ancestrales. Tenemos que ser capaces de hacer políticas que recuperen los oficios tradicionales, la etnografía. Políticas que sus prioridades sean la educación pública, sin mirar pérdidas económicas cortoplacista. La educación es el futuro, nunca supone pérdida alguna. Hay que defender la sanidad en el medio rural, el ecoturismo, la ganadería y agricultura ecológica. Tenemos que exigir políticas capaces de crear puestos de trabajo, economías campesinas dignas, que la gente joven se sienta orgullosa de vivir de lo que produce y de vivir en su pueblo. Necesitamos políticos que no se avergüencen de nuestra lengua, de nuestras costumbres, de nuestro pasado para que así puedan apostar por la vuelta al campo. Septiembre comienza y con él las despedidas.

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