• ¿Tiene Galicia un problema demográfico?

    Xosé Luis Barreiro Rivas

    La baja natalidad, el envejecimiento y los desequilibrios territoriales dicen que sí, aunque para eso haya que aceptar tres supuestos que, pareciendo apodícticos, son falsos: que «hay un problema demográfico gallego» distinto del español y europeo; que los gallegos no queremos tener hijos por cuestiones culturales o de coyuntura económica, y que esa desgana criadora refleja el fracaso de un sistema de valores y responsabilidades colectivos; y que existe un modelo de equilibrio territorial y social en el que todos deberíamos estar de acuerdo, hasta el punto de asumir el papel que nos asignen la Xunta o los sabios en el proceso de regeneración.

    Lo cierto, sin embargo, es que ningún país se suicidó demográficamente a causa de la pobreza; que ninguna nación se hizo rica y feliz sin desestabilizar su demografía; que a nadie se le puede pedir en serio que viva donde no quiere o que tenga hijos para la patria; y que hace ya mucho tiempo que Galicia cruzó una línea roja en la caída de su natalidad que no nos permite regenerar el equilibrio por nuestra cuenta.

    El interior de Galicia se despuebla porque, con los modelos sociales y económicos actuales, es lógico. Y algún día tendremos que reconocer los grandes e inteligentes sacrificios que hicieron nuestros padres aldeanos para que pudiésemos abandonar el decrépito paraíso al que ellos se vieron confinados e instalarnos en el feliz estrés motorizado y de propiedad horizontal que ahora disfrutamos.

    Y no es cuestión baladí que todos los que quieren retener población en el interior y en las actividades agrarias vivan de sus profesiones liberales en el centro de las ciudades.

    El problema es que, en vez de construir Galicia desde la nostalgia de una mítica sociedad tradicional, cuyo bucolismo solo existe para los que jamás vivieron en él, tenemos que preparar un futuro en el que van a caber pocas cosas enxebres y ningún dogma identitario. Y para eso vamos a necesitar muchas oportunidades económicas y una apertura a la multiculturalidad y a los cambios de fisonomía social que, desde la comodidad de nuestro bienestar subvencionado, estamos rechazando.

    Cuando Galicia necesite gente para algo más que pagarnos las pensiones y la sanidad -cosa que pueden hacer desde fuera-, bastará con abrir la puerta para que todo el país se llene con la gente que ahora se muere de asco en Lampedusa, Lesbos, Ceuta o Calais, y que llegan, por cierto, llenos de niños preciosos.

    Porque el problema de Galicia no es propiamente demográfico, sino de aferramiento a un paraíso soñado y milagrosamente congruente que solo sabemos disfrutar destruyéndolo. Lo otro, la falta de juventud, se resuelve con el movimiento de población más natural, exitoso e inveterado que existe: las migraciones.

    Las mismas que están, desde hace tres milenios, en la genética de Europa.