• Cuando fuimos ricos (o creímos serlo)

    Javier Becerra

    Hubo un tiempo en que en A Coruña fuimos ricos (o creímos serlo). Podíamos ver gratis los retratos femeninos de Picasso o deleitarnos con la exposición de El señor de los anillos, donde hasta nos traían a su maquillador para hacer una demostración en vivo. También teníamos a nuestra disposición óperas como Tosca o La Bohéme de Puccini, escenificadas como si esto fuera una urbe de bastante más que 250.000 habitantes. Y un día era Diana Krall y otro Woody Allen quienes venían a tocar, sin que el coruñés de a pie no tuviera más que hacer una cola para tener una invitación. Todo ello mientras el Dépor jugaba la Champions League frente al Milán o el PSG.

    Hubo un tiempo en el que la cocina de autor irrumpió en la ciudad y la clase media coqueteó con los chupitos de tortilla de patata líquida y puso gesto de crítico gastronómico. Loewe contaba con una tienda en la plaza de Mina. Iba la gente que tenía mucho dinero, pero los que ganaban mil y pico euros echaban un vistazo a su escaparate pensado que, quizá, un día le comprarían a su pareja un pañuelo o algo pequeño. En paralelo, se iniciaba una escalada de centros comerciales sin precedentes. Que si el más grande de Europa. Que si el que tiene las salas de cine son sistema de sonido que te mueres. Que si el que tiene una oferta gastronómica nunca vista.

    Hubo un tiempo en el que un piso de 110 m2 en Juan Flórez costaba 500.000 euros y un tercero sin ascensor en Os Mallos, de 90 metros, no bajaba de 180.000 euros. Y se vendían. Donde la zona de la Fábrica de Tabacos iba a ser el nuevo Matogrande, con pisos de lujo y todos los servicios. En esa línea, Vioño apuntaba a ser el relevo de Los Rosales y el Papagayo, directamente la repanocha. Monte Alto, por su parte, se convertía en una zona alternativa que cada mes resultaba menos barata que la anterior. Todo ello con inmobiliarias-franquicia ofreciendo crédito a quien no deberían habérselo ofrecido nunca.

    Hubo un tiempo en donde floreció un tipo de tienda de ropa que no era Inditex, pero tampoco Ottodisanpietro. Establecimientos cuquis con marcas exclusivas y caras pero sin llegar a ser lujo, perfectas para gente son sueltos altos o moderados pero optimistas respecto a su futuro. Sus compradores eran los mismos que, en un momento dato, tomaban el avión de Vueling a Londres e iban a las rebajas como si nada. Los mismos que, ante la falta de renovación de los locales hosteleros del centro (alquileres imposibles para abrir nada), se tenían que a ir los barrios a probar las nuevas sensaciones, dándole a estos la luz de un futuro resplandeciente.

    Hubo un tiempo, en definitiva, en el que vivíamos ligeros y sin miedo a los que podía pasar mañana. Fue cuando fuimos ricos (o, más bien, cuando creímos serlo).

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