La Voz de Galicia

Juan Carlos Díaz del Valle, psiquiatra: «Si Simone Biles se esguinzara un tobillo, nadie la cuestionaría»

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Noelia Silvosa

Seguimos sin tomarnos en serio la salud mental, asegura el especialista, que celebra que la gimnasta olímpica la antepusiese a la competición en las olimpiadas de Tokio. «Aumentaron los pacientes con ansiedad que te dicen 'no puedo respirar'», asegura

17 Aug 2021. Actualizado a las 12:51 h.

Si hay algo que se ha disparado en las consultas de salud mental es la ansiedad. Así lo confirma el psiquiatra del Chuac Juan Carlos Díaz del Valle, que ve en el caso de Simone Biles un reflejo de la poca importancia que se le sigue dando a los dolores de la mente. Testigo de excepción de la presión que sufren los deportistas en unos juegos olímpicos —fue médico en el comité olímpico de los de Sídney—, destaca la valentía de la gimnasta, que en el último momento decidió no abordar la totalidad de las pruebas para las que se había clasificado. Pero no hace falta ser deportista ni verse en una situación así para padecer el mal de Biles. «La ansiedad ha aumentado mucho, y a nivel general afecta todavía más a las mujeres de entre 20 y 40 años», indica el médico.

—Tiene experiencia en el interior de unos juegos olímpicos.

—Yo, además de psiquiatra, fui médico del comité olímpico en las olimpiadas de Sídney, con lo cual estuve dentro y conozco bien el funcionamiento. Durante unos años fui jefe de los servicios médicos de la Federación Española de Ciclismo, he estado con deportistas de élite y he vivido de cerca esta situación.

—¿Cree que si Simone Biles hubiese tenido un problema físico, habría tanta gente opinando que debería haberse aguantado hasta después de hacer las pruebas?

—Si esta gimnasta hubiese tenido un esguince de tobillo, nadie la habría cuestionado por no poder competir. Pero como tener ansiedad o síntomas depresivos es algo que no se ve desde fuera, aunque el sufrimiento sea igual o superior a otros sufrimientos físicos, hay personas que incluso piensan que eso tiene que ver con la debilidad. Y no tiene nada que ver con la debilidad, con la fortaleza ni con nada de esto. Es un síntoma de una enfermedad, exactamente igual que puede serlo otra. Si hubiese sido una lesión física, nadie hubiese cuestionado nada. El problema es que, en general, solo son conscientes del sufrimiento que provoca un trastorno de este tipo las personas que lo han sufrido. Solo las personas que han sufrido la ansiedad o la depresión saben lo difícil y lo duro que es llevar sus síntomas.

—¿Hasta qué punto llega la presión para los deportistas en unas olimpiadas? ¿Es tanta como para colapsar?

—Sí. He estado en contacto con las personas de ciclismo y de más deportes, porque éramos cinco médicos y dimos apoyo a todos los deportes dentro de la delegación española. Hemos atendido a chicas de gimnasia, tanto artística como deportiva, también en alguna ocasión a algún boxeador... Y es una presión muy fuerte. Son personas que se han estado preparando cuatro años para participar en unos juegos y, como mínimo, tienen que conseguir quedar entre los ocho primeros del mundo para conseguir el diploma olímpico. La cantidad de diplomas que hemos conseguido en estos juegos es para reseñar, aunque nos quedamos solamente con las medallas. Es durísimo, no solo por la presión que por ejemplo padecen los atletas en una carrera de cien metros, que en menos de diez segundos te juegas cuatro años, sino porque muchos de ellos, en función de su resultado, se van a jugar unas becas olímpicas. Sin ese dinero no pueden seguir practicando deporte de manera intensiva.

A nivel global, afecta más a mujeres jóvenes a las que les suele aparecer entre los 20 y los 40 años

—Sin llegar a algo tan extremo, ¿en la vida diaria es frecuente que personas con ansiedad abandonen en el último momento algo antes de conseguirlo?

—Sí, pasa mucho sobre todo en las personas que preparan oposiciones y están durante un año o dos estudiando diez horas diarias. Justo una semana antes empiezan a cuestionarse si serán capaces, dejan de dormir, sube la ansiedad, les provoca problemas cognitivos a nivel de atención, concentración y memoria, empiezan a dudar sobre su valía y su capacidad. Y algunas personas empiezan a plantearse no presentarse, se desmoronan, y no acuden. Mi consejo siempre es, primero, tratarse. Después, si los síntomas remiten, presentarse. Y si no, tomar la decisión que consideren más oportuna. Bajo presión, todos tenemos tendencia a presentar problemas adaptativos. Algunos podemos resolverlos bien, pero otros no tanto. Y ahí aparece la sintomatología.

—¿Cómo podemos reconocer la ansiedad?

—Aparece una sensación de malestar. Algunos pacientes lo definen como ‘tengo una cosa en el pecho que me aprieta', otros dicen ‘estoy inquieto, no tengo parada'. Puede aparecer sobre todo dificultad para conciliar el sueño, pensamientos dubitativos sobre circunstancias, síntomas fóbicos asociados a ciertos temas. En ocasiones la frecuencia cardíaca aumenta, aparecen taquicardias y palpitaciones en el corazón sin razón aparente, dificultad para respirar... Fundamentalmente son esos los síntomas, pero lo que suelen definir las personas es ‘me encuentro mal, tengo una cosa que no me deja respirar, como una piedra que me oprime el pecho'.

—¿Y el cansancio?

—También. Cuando uno está muy tenso también lo está muscularmente, y esa tensión muscular provoca sensación de cansancio. Y es muy frecuente que con la ansiedad también vayan asociados, como algo comórbido, síntomas depresivos. Uno de los síntomas de la depresión, además del bajo ánimo y la tristeza, es precisamente este cansancio y falta de motivación, ese ‘no puedo hacer nada'.

—El apetito es dispar. A unos les da por comer y a otros se les cierra el estómago.

—Pueden pasar las dos cosas, incluso que no tengan trastornos del apetito. Generalmente, cuando una persona está deprimida es cuando suele tener más pérdida del apetito y de peso, pero es muy frecuente que las personas ansiosas coman para llenar ese vacío que llevan dentro. Se levantan a la nevera en medio de la noche e incluso pueden tener conductas bulímicas.

—¿Cómo hay que actuar?

—El mejor especialista al que se puede acudir es el médico de atención primaria, que hoy en día tienen formación suficiente en psiquiatría como para valorar si administrar ellos el tratamiento o derivar el paciente al especialista, al psicólogo o al psiquiatra. El tratamiento es complementario. Por un lado, hay fármacos para tratar la ansiedad. Tradicionalmente se han usado mucho las benzodiazepinas, pero hoy en día utilizamos fundamentalmente liberadores de serotonina que no generan esos problemas de dependencia a largo plazo. También la terapia psicológica, que es muy eficaz. Y además, hay algo que yo siempre aconsejo a mis pacientes: hacer ejercicio físico, pero suave. Caminar, bicicleta... todo lo que sea movilizar nuestro cuerpo diariamente. Es mejor hacer veinte minutos todos los días que cuatro horas solo los fines de semana. Ayuda a liberar endorfinas y nos hace mejorar.

—La ansiedad puede estallar en crisis que llevan al límite.

—Sí, es lo que llamamos crisis de ansiedad, que de repente sin que haya un motivo que lo justifique, el corazón se pone taquicárdico, nos quedamos sin respiración, la mayoría de las personas que lo sufren tienen miedo a morirse en ese momento, piensan que están en un infarto aunque no tengan dolor, no respiran, saturan mal, y tienen que pedir ayuda. Mi consejo cuando están solas es que intenten tumbarse en el suelo, que cierren los ojos. Que intenten respirar despacio cogiendo aire por la nariz, llenar los pulmones y echarlo despacito. Pero si tienen un teléfono al lado y pueden pedir ayuda, mejor.

—¿Diría que la ansiedad ha aumentado?

—Sí, sí. Yo a las personas que llegan a la consulta suelo preguntarles en qué les puedo ayudar, y me dicen: «Vengo aquí porque no puedo respirar. Siento dolor en el pecho, ya fui al médico y me dijo que no tengo nada».

—¿Hay un perfil al que le afecte más?

—Es que hay muchos trastornos de ansiedad. Desde las crisis, los trastornos fóbicos, los síntomas obsesivos compulsivos... y no todos son iguales. Pero a nivel global, afecta más a mujeres, sobre todo a mujeres jóvenes a las que les suele aparecer entre los 20 y los 40 años.

—¿A qué se debe?

—Hay muchos factores. Por un lado, los hormonales. Por otro, la situación que tienen a nivel cultural las mujeres. Se ha normalizado su sobrecarga laboral, familiar, muy intensa, y todo eso tiene una repercusión. También hay hombres que tienen estos problemas, por supuesto, pero son mayoritarios en las mujeres.

—¿Cómo deben actuar quienes conviven con un paciente de ansiedad?

—Suelo poner siempre el mismo ejemplo. Cuando me hacen esta pregunta en consulta, yo digo: «Mire, no le quiero nada malo a usted. Pero imagínese que por cualquier cosa tiene un accidente de tráfico y acaba con una tetraplejia en una silla de ruedas, con una parálisis sin poder caminar. Y que su pareja le estuviera diciendo continuamente: ‘Es que no haces lo suficiente, no te esfuerzas por andar'. ¿Usted cómo se sentiría?». Pues así se siente esta persona cuando le dice que no hace lo suficiente. Ella no lo hace porque no puede, no porque no quiera. Lo que hay que tener es empatía, ponerse en el lugar del otro. Hay que darle apoyo, no atosigar, que vaya teniendo su tiempo para recuperarse y no presionar, porque la presión solo genera más ansiedad.

—Biles decidió presentarse a la última de las pruebas. ¿Un intento precipitado de reponerse o de cumplir consigo misma?

—Por lo que he podido ver, ha recibido muchísimas presiones para que por lo menos hiciera una de las pruebas. Es curioso que escogió la prueba en la que tenía menos posibilidades para hacer medalla, y además cambió el ejercicio por uno más sencillo, porque decía que no se sentía cómoda con los que hacía. Yo creo que fue una forma de decir ‘voy a intentar hacer algo', pero por la presión que recibió. También tuvo muchísimas críticas, pero yo solo puedo felicitarla por su valentía al priorizar su salud sobre cualquier otro tipo de circunstancia y por visibilizar que tener un problema de salud mental es equiparable a tener un problema físico. Hace unos días un jugador del Real Madrid, Dani Ceballos, se lesionaba. Rompió los ligamentos y no pudo jugar más en las olimpiadas. Nadie le ha criticado por no jugar, por no intentarlo. Nadie le ha dicho nada, todo el mundo lo asume. Pues esto es exactamente lo mismo.


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