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Chilino: «En los 80, de Praterías a O Toural había 17 joyerías, solo queda una»

Tuvo dos negocios en el casco histórico y en el Ensanche, y ahora sigue en Negreira

La Voz de Galicia

Nombre. Juan Miguel de Francisco, Chilino (Santiago, 1952).

Profesión. Relojero y comerciante de joyería.

 

Rincón elegido. El entorno de Bonaval, donde nació y que fue su patio de juegos en edad infantil.

Nació en la rúa de San Pedro, muy cerca de la entrada del actual parque de Bonaval. «La puerta del cementerio era nuestra portería», recuerda. Su abuelo y sus tíos fueron sepultureros, y de niño presenció autopsias de cadáveres en las que participaba su padrino. «Vi alguna trepanación, y andar con las calaveras era de lo más normal para nosotros». Era un barrio humilde, y en los días de difuntos se prestaba para limpiar las tumbas. «Te daban una o dos pesetas, eran los años 60 y había que buscarse la vida».

Se casó en 1976, y para entonces ya se había clausurado el cementerio, espacio que no se recuperó hasta la intervención de Álvaro Siza e Isabel Aguirre en los 90. Antes de todo eso, cuando iba a cumplir los 16, su padre lo mandó a Barcelona con una tía que tenía una joyería. Me dijo si me quería quedar a ayudarla, me pusieron delante unos relojes y ya me enganché». Se quedó a estudiar en la escuela de joyería durante dos años.

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Con 23 años montó la Joyería De Francisco, en la Rúa do Vilar, que ocupaba un bajo del palacio de Monroy, que era propiedad de Alfonso Armada. «En Santiago no había muchas tiendas de reparación y apareció ese local, que era una cuadra que nos dejaron por 800.000 pesetas (4.800 euros) a cambio de hacerle una cocina a la vecina de arriba». Su padre, subjefe de la policía local, le echó una mano para rehabilitar el espacio «y ahí estuvimos luchando». Solo tenía 50.000 pesetas (300 euros) ahorradas «que ya se iban con tres relojes» y los créditos estaban al 14 %. Era el año 78 y los impuestos eran llevaderos. El instinto no le falló porque en los 80, entre Praterías y O Toural, se montaron 17 joyerías, «y solo queda una, la de Federico Mayer». La polémica peatonalización del casco histórico fue buena para la calidad de vida de la zona, admite, pero mala para el negocio, y también es autocrítico y cree que fueron los propios comerciantes los que no supieron mantener la tradición y se entregaron al «dinero fácil del suvenir».

En los 90, con los primeros años santos masivos, se fue consumando la crisis del comercio de siempre. Ese fue el motivo, junto a un buen traspaso posterior, que le animó a montar otra joyería en Doutor Teixeiro que mantuvo abierta hasta el 2002. En su historia como comerciante sufrió tres robos «que fueron un mazazo», porque con los seguros solo pudo recuperar una pequeña parte. Su objetivo, al abrir más de un local, era que la saga familiar continuase con las joyerías, pero empezó a darse cuenta de que sus tres hijas no estaban interesadas y que empezaban a buscarse el futuro en otros campos. Admite que tras los asaltos lo lógico hubiese sido tirar la toalla, pero cree que el tesón y la constancia propia y la de su mujer le ayudaron a salir del atolladero y a buscar un emplazamiento más tranquilo. Detectó que en las tres décadas que trabajó en Santiago había acumulado a mucha clientela de la zona de Negreira, donde no había negocios de ese estilo, por lo que se decidió a abrir Andrika hace doce años, en la rúa da Cachurra. «Es un lugar estupendo», dice convencido.

Desde entonces vive a caballo entre la capital barcalesa y Santiago y se mantiene sin apuros porque ya solo quedan una decena de profesionales en la comarca y en la ciudad que sigan trabajando en las tripas de un reloj con cierto criterio. Calcula que seguirá tres años más, hasta que su mujer se jubile. La atención al público es obligada, pero lo que de verdad le llena es meterse en el taller y sacar adelante las maquinarias. Eso, y buscar unas horas para coger su barca en O Freixo (Outes) para ir a pescar. «Ahora toca disfrutar de los nietos», proclama.

Montó un equipo de fútbol sala que fue el germen de la liga de veteranos

 

 

La primera placa al mérito deportivo que entregó la Xunta, y que recibió el ciclista Álvaro Pino, la elaboró Chilino. Al margen de los relojes, el deporte es otra de sus pasiones. «Soy un futbolista frustrado, y creo que jugaba bien», desvela. En la etapa académica suspendía en invierno y aprobaba en septiembre, porque su obsesión era el balón. Cuando encauzó su vida laboral no se separó de la pelota, porque montó un equipo de fútbol sala que, asegura, fue pionero en este deporte. Su implicación en el fútbol de veteranos fue notable. «Los primeros campeonatos los montamos en el cemento de Xoán XXIII, y los ganó el Joyería De Francisco», un equipo que lideraba Fernando Fernández, un jugador que había pasado por el Compostela y el Pontevedra «y que es el mejor que vi en mi vida. Será porque le tenía cariño». También pasaron por la escuadra Gabriel, Lucho, Sandá, Julio Díaz... «Fuimos a jugar a Lugo contra el Interviú, cuando estaba Butanito (el periodista José María García) y llegamos a competir en la final contra ellos, pero nos robaron el partido».

 

A raíz de aquellos comienzos empezó a tomar forma en Santiago la agrupación de veteranos, que sigue vigente. La buena vista, el pulso y la paciencia que requiere su profesión también se la puso a su principal afición vital, que se ha ido manteniendo, aunque cree que el fútbol de élite ha perdido parte de su esencia «porque antepone el físico al talento». Ahora prefiere ir a pescar que ver partidos en la televisión, «porque han perdido todo el encanto». De todo aquello, lo verdaderamente importante era la cerveza que se tomaban al acabar los encuentros. «Ahora lo que más cuenta en mi vida es disfrutar con la gente, lo material me importa poco».

Tags: Negreira Santiago ciudad
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