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¡Peligro!, Canarias

La Voz de Galicia

No sé por qué, pero las vacaciones son siempre fuente de conflicto. Ya lo dijo Tolstói: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero las infelices se van de vacaciones en agosto». O algo así. El caso es que después de siete años sin vacaciones fuera del término municipal, hoy cogemos un avión para escaparnos una semana a la playa. Mi marido, que no ha cambiado el chip de los viajes de soltero, prepara unas mochilas estupendas. «Aquí enganchamos el saco y la esterilla y todo listo». «Muy bien, fenómeno, pero nos vamos a Canarias con los niños, no a escalar el Himalaya», le digo mientras deshago las mochilas y escondo las botas de Trekking. Cuando llegamos al aeropuerto, descubrimos al comité de despedida haciendo cola en el mostrador de facturación. «Os estamos guardando el sitio», dice mi padre, «como siempre llegáis tarde a todo…». Tus padres, que te mandaban un mes a Irlanda con 14 años sin teléfono móvil ni Internet, ahora te persiguen por el aeropuerto por si no sabes cuál es la puerta de embarque, no vaya ser que en vez de aterrizar en Fuerteventura aparezcas en Burkina Faso. En momentos así pienso que nos ven tontos, muy tontos, como si nos hubiéramos reproducido porque nos secábamos con la misma toalla al salir de la ducha.

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La despedida dura hasta el último aviso de embarque para los señores pasajeros. «Te he traído esto», mi padre mete un sobre en mi mochila. Me ha impreso un listado de destinos peligrosos, recomendaciones de seguridad para desplazamientos internacionales y la guía de la OMS para viajar con niños. «Papá, que me voy a Canarias». Por si acaso, me dice. Consigo relajarme cuando ya estamos sentados en el avión y no hay rastros de abuelos en la cabina. Una semana de relax y desconexión, sin estrés, sin agobios, sin… ¿Falta mucho?, preguntan mis hijos. ¡Ya empezamos!

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