La Voz de Galicia

Laura S. González de Araújo presenta «Ser muchas y una íntima desconocida»: «El inconsciente ladra en lengua materna»

Fugas

maría viñas
Laura S. González de Araújo

La viguesa ensaya sobre la extrañeza de ser quienes somos, de cómo llegamos a serlo, y aboga por vivir en el desequilibrio

13 Jun 2026. Actualizado a las 12:56 h.

Laura S. González de Araújo (Vigo, 1984) lleva años pensando sobre la subjetividad. Primero desde la filosofía, después desde el psicoanálisis. El punto de partida de su último libro, Ser muchas y una íntima desconocida (Dos Bigotes) surgió de un lugar mucho más cercano. Durante casi dos años atravesó un proceso de reproducción asistida al tiempo que regularmente se descargaba en el diván. Al coincidir, ambos caminos volvieron a plantearle con urgencia una pregunta que la acompañaba desde hacía tiempo: cómo se construye una persona. «Me interesa más cómo llegamos a ser lo que somos que quién somos», explica. Esta sentencia funciona como llave para entrar en un texto que revisa amistades, relaciones, deseos, maternidad, pero también fiesta, literatura y familia con el objetivo de tratar de comprender el recorrido que la ha llevado hasta ser la persona que es.

Cuenta González de Araújo —licenciada en Ciencias Políticas y doctora en Filosofía y Psicoanálisis por la Universidad Paris VII-Diderot y la Complutense de Madrid— que siempre había abordado estas cuestiones desde una perspectiva teórica, pero el proceso de inseminación y el trabajo analítico introdujeron en su análisis otro tipo de mirada. Habla de un «ablandamiento» de las defensas y de una mayor cercanía con su propia vida interior, el estado adecuado para emprender un ejercicio de observación hacia dentro. La escritura le permitió reconocer zonas que permanecían difusas, dejándole una certeza inesperada. «Hay una parte de uno mismo que nunca vamos a poder llegar a conocer», dictamina. Por mucho que avanzaba en la memoria, esa extrañeza seguía ahí, una especie de habitación interior a la que resultaba imposible acceder del todo. Lejos de vivirlo como una frustración, lo entendió como una forma de reconciliación. «Uno no puede saberlo todo de uno mismo», resuelve. La tarea consiste en convivir con esa desconocida que cada una lleva dentro y compartir esa fragilidad con otros forma parte del camino. Reconocer la vulnerabilidad propia ayuda a identificar la ajena, favoreciendo encuentros más honestos.

González de Araújo desconfía de las identidades compactas y perfectamente ordenadas, habla de sujetos cambiantes, atravesados por deseos distintos y a veces incompatibles. «Somos sujetos descentrados, contradictorios, incoherentes, múltiples», resume. Y es esa mirada la que la ha llevado a cuestionar una de las consignas más repetidas de nuestro tiempo. «Hay que intentar vivir en el desequilibrio, no buscar el equilibrio, como nos han contado». En sus páginas, defiende fervientemente las inclinaciones, las dependencias y las contradicciones, parte de cualquier biografía.

Frente al discurso contemporáneo que premia la autonomía y la autosuficiencia, reivindica la importancia de reconocer aquello que nos condiciona. Ponerle nombre a los deseos, a los miedos, a las sumisiones incluso aporta conocimiento y amplía el margen de libertad con el que nos movemos por el mundo. También observa con cierta preocupación el protagonismo que ha adquirido la identidad en el debate público. Política, cultura, moda o redes sociales parecen girar alrededor de la necesidad de definirse, mientras que ella, convencidísima, propone otro recorrido. Primero, mirar hacia dentro; después, decidir nosotros mismos bajo qué etiquetas queremos situarnos y entender que pueden ser —que son— cambiantes, difusas. «Lo identitario se ha vuelto el concepto vedette en todos los terrenos posibles», señala. En ese contexto, menciona el papel de los algoritmos y su tendencia a simplificar. «¿Qué es lo que quieren? Que nos parezcamos lo más posible a lo que creen que somos». La consecuencia es una presión constante hacia perfiles cada vez más reconocibles y previsibles. A la masa. Al rebaño.

La escritura de Ser muchas... tuvo algo de excavación y también de hallazgo, admite la autora. Durante años acumuló apuntes en cuadernos y notas del teléfono; el material existía, le faltaba la voz. Si hubo un tema especialmente delicado de abordar fue el de su madre, único capítulo que lleva un posesivo en el título. «El inconsciente ladra en lengua materna», se limita a avisar. Intentó mirarla desde otros lugares: como mujer, como hija y como amante. Y el ejercicio adquirió una dimensión especial al atravesar ella misma la maternidad. También ese deseo —el de procrear— tuvo que negociar con el resto y su hija nació, como colofón, mientras el libro encontraba su condición definitiva. Al final, todas las preguntas desembocan en una misma cuestión: la posibilidad de conocerse, tarea que nunca concluye. Lean a González de Araújo, su invitación a convivir con la incertidumbre, con la zona oscura y con lo que permanece fuera del alcance del lenguaje.


Comentar