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María Bolaños: «El museo es memoria y laboratorio»

El Museo Nacional de Escultura que dirige Bolaños colabora con el festival Música no claustro que empieza este sábado en la catedral de Tui

La Voz de Galicia

El Museo Nacional de Escultura, con sede en Valladolid, colabora con una nueva edición del festival Música no claustro, que se celebra en la catedral de Tui entre este sábado e o día 10. Dos claves de su colección, el sepulcro del obispo tudense Diego de Avellaneda y las esculturas de Gregorio Fernández, nacido en Sarria y uno de los máximos representantes de la Escuela Castellana, centran sendas actividades del certamen. María Bolaños (Valladolid, 1951) dirige el museo desde el 2008.

-La música es etérea e invisible, la escultura sólida e inmóvil. ¿Qué nace cuando se emparejan?

-Creo que fue un poeta romántico el que dijo que «la arquitectura es música congelada» y es cierto que la armonía de un gran monumento como es el claustro de la catedral de Tui puede ayudar a disfrutar de los conciertos programados en el festival. Cuando oímos música, todos nuestros sentidos están alertas, no solo el oído; y el entorno que nos rodea, la luz, el color de la piedra, las bóvedas que cobijan el espectáculo pueden hacer esa experiencia mucho más intensa.

-Ya se ha dejado atrás la concepción de un museo como un contenedor en favor de un papel más activo. ¿Qué supone colaborar en Música do Claustro?

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-Los museos no pueden limitarse a ser un cuartel del patrimonio. Una de las señas de identidad del museo es la de abrir la actividad a una mayor elasticidad e intercambio de las artes y los saberes. Conectamos muy bien con el espíritu que anima el proyecto Musica no claustro y a su director, Samuel Diz, porque buscan, como nosotros, la interrelación de las artes, las conexiones geográficas, los nudos ocultos de períodos dispersos y el encuentro entre voces e imágenes alejadas. Llevar, mediante la imaginación, una obra de piedra a Tui y rendirla homenaje mediante la música, con el que durante varios años ha sido nuestro coro residente, Alterum Cor, nos parece un acontecimiento mucho más atractivo que cualquier experiencia de realidad «virtual». En este caso, no hay computadoras, sino la imaginación de las artes y la sensibilidad del espectador.

-Los orígenes del Museo de Escultura se remontan al XIX y su reformulación como nacional, a 1933. ¿Cómo influye ese pasado en su gestión actual?

-El museo es memoria y también es laboratorio. Nosotros cultivamos esa doble condición. Fue fundado en 1842 como uno de los primeros museos públicos españoles, y en 1933 adquirió la singularidad de ser el único museo de escultura de ámbito nacional, en razón del esplendor de sus colecciones renacentistas y barrocas. Esto le da una personalidad muy marcada. Contamos su rica y compleja historia, con sus luces y sus sombras, y dedicamos una parte de nuestros programas a reconstruir ese pasado. Pero no vivimos anclados en el ayer, ni encerrados en el cultivo de nuestra excelencia científica. Siempre estamos haciéndonos preguntas y ofreciendo perspectivas innovadoras que respondan a las necesidades culturales del presente. «Estamos en el mundo», diría que, en la medida de nuestras posibilidades, con una presencia intensa.

-También fue pionero en un modelo museístico descentralizado.

-Si se refiere al hecho de tratarse de un museo «nacional» que no está en la capital, en Madrid, creo que fue una de las ideas inteligentes, una de las muchas, que tuvo Ricardo de Orueta en 1933, porque podía haberse llevado las colecciones escultóricas al Prado, por ejemplo. Pero hizo lo contrario; depositar en Valladolid grandes conjuntos escultóricos y obras singulares, porque quería vincular el arte a la identidad del territorio y a sus monumentos. La escultura había tenido en esta ciudad una tradición riquísima desde el siglo XV y él entendió esa condición, que es, por lo demás, un rasgo del patrimonio europeo, tal como sucede en Italia, por ejemplo.

-¿Y qué peculiaridades supone la gestión de un museo dedicado a la escultura?

-El arte de la escultura impone sus leyes y sus condiciones, influyendo de modo determinante en la vida del museo. Exige expertos restauradores, investigadores especializados (que escasean en todo el mundo, porque todo lo acapara la pintura), las exposiciones y cualquier transporte son más caros, requiere más espacio de almacenamiento. Además, nuestras esculturas son en su mayoría de madera, que es una materia viva, orgánica, y por tanto altamente sensible. Pero a cambio, proporciona enormes satisfacciones, su presencia física les da una intensidad teatral y una viveza extraordinarias.

-¿Ha pasado lo peor de la crisis?

-Sí, al menos en su peor parte. Yo entré en el museo en el 2008, en lo más hondo de la crisis, así que siempre he convivido con ella, como algo natural. En la naturaleza misma de la crisis, está el instinto de responder, de recuperar la confianza y volver a la normalidad. La crisis, sin dejar de ser un problema, reclama creatividad y un poco de arrojo.

Un espectacular conjunto funerario del Renacimiento

El Museo Nacional de Escultura conserva el sepulcro del obispo de Tui Diego de Avellaneda, que fue trasladado en 1933 de Soria a Valladolid. Se trata de «uno de los conjuntos funerarios más espectaculares del Renacimiento español», dice Bolaños, «por la calidad de su factura, por la riqueza de los materiales, alabastro y jaspe; por la elegancia de las esculturas que alberga; por el refinamiento decorativo, lleno de símbolos funerarios y alegorías. Fue encargado al escultor Felipe Vigarny para albergar los restos de este interesante personaje que fue Diego de Avellaneda, que detentó cargos muy importantes en la administración imperial». «El sepulcro se instaló en el monasterio jerónimo de San Juan Bautista y Santa Catalina de Espeja, en Soria. Estaba acompañado de otro sepulcro gemelo, en el que se representaba la efigie orante del padre de don Diego. De este segundo sepulcro el Museo Nacional de Escultura va recuperando muchas de las piezas para poder recomponerlo en algún momento», relata Bolaños.

Tags: Arte
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