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En la fábrica del fuego cotidiano

La complicada elaboración del artefacto incendiario más simple, «una tan pequeña cosa como las cerillas fosfóricas», o mixtos, contada al detalle

La Voz de Galicia

«Un estimable y estimado compañero que tiene declarada guerra sin cuartel a los encendedores mecánicos me convenció sin gran trabajo [...] de que con algo de buena voluntad y un paseo [...] se puede hacer una gran información sobre una tan pequeña cosa como las cerillas fosfóricas». Lo cual es solo un pretexto para subirse a «la plataforma del tranvía», emprender viaje «a cambio de cuatro perforaciones en el ticket de abono» y dirigirse allí donde se elaboran fútiles artefactos que no sirven más que para perpetuar la primera hazaña de la humanidad.

El destino es la fábrica de fósforos de Zaragüeta, situada en los arrabales de A Coruña y «adquirida por el Estado [...] al promulgarse la ley de monopolio de la industria fosforera», en 1898. El jefe técnico de los talleres, antiguo maquinista de la Armada, «nos acompaña a recorrer las distintas dependencias».

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Las primeras, los almacenes, acondicionados para contener materias «de índole tan peligrosa que todas las precauciones parecen pocas». Por ejemplo, «el fósforo vivo», que «se inflama y arde al contacto con el aire. De ahí que esa sustancia venga desde la fábrica productora siempre con agua y dentro de cajas de hierro galvanizado, de forma cilíndrica». También hay «sacos de cola tiza, vidrio molido, cartón estampado para confeccionar las cajitas, estearina, colofonia, enormes ovillos de algodón, paquetes de precintos y, en una palabra, todos los ingredientes y materias necesarios».

 

La cabeza incendiaria

En el laboratorio es donde se prepara «la pasta para las cabezas de los fósforos, y donde se combinan y calculan las proporciones para la fabricación de la cerilla». Primero «se mezclan fósforo en vivo, clorato de potasa, cola-tiza, vidrio molido impalpable y anilina roja. Dicha mezcla se transforma en pasta inglesa merced a una cocción en baño maría».

El palito de la cerilla sigue otro procedimiento. Componentes como colofonia, goma, estearina o talco van a parar a unas pailas donde «hechos caldo van recubriendo en sucesivos baños la mecha de algodón, hasta darle el grosor adecuado». A continuación, «la cerilla pasa ya fría, gracias a un ventilador eléctrico, a un inmenso bombo o carrete, quedando en disposición de pasar a las máquinas de cortar».

Estas suman una veintena larga. Son «una especie de guillotinas verticales que ejecutan con precisión admirable. Las cerillas, cortadas a la medida que se desea, van quedando automáticamente colocadas en cuadros de madera unas al lado de las otras en filas regulares», lo que forma algo así como «cepillos cuyas cerdas estuviesen muy separadas».

«Y como ya tenemos la pasta inglesa bien cocida y coloreada, y las cerillas hechas y cortadas, podemos ir haciendo los mixtos, como muy propiamente pueden ser llamadas las cerillas fosfóricas, ya que constan de bujía y cabeza». Para ello, se vierte la pasta, que «parece sangre humeante», en una platina, sobre la cual se colocan los cepillos antes mencionados, para «que se mojen por igual los extremos de todas las pequeñas bujías, correspondiendo en suerte a cada una de ellas una gota de la inflamable pasta». Luego, unos carros las conducen a los secaderos, «especie de armarios de hierro, donde las cabezas acaban de solidificarse gracias a una corriente de aire caliente».

 

Cada una atiende a su juego

A que salgan del horno esperan las encargadas de confeccionar las cajas. Son «muchas operarias. Cada una atiende a su juego, y mientras unas pegan las tiras de cartón estampado, otras les pegan las raspas de vidrio molido que han de servir de rascador, y las de más allá cortan en las cizallas las tiras de cartón azul que otras operarias unen y arman con una ligereza y una práctica envidiables».

«En los diferentes menesteres de la fábrica hay [...] colocadas 66 llenadoras, tres ligadoras, 60 cajeras, siete empaquetadoras, 18 precintadoras, 15 maquinistas, cuatro cerilleras, cinco ayudantas de máquina, dos pasteros, un carpintero, un maquinista, dos embaladores de gruesas, dos serenos y una portera». Trabajan «con una rapidez increíble» y obtienen «un bonito jornal» por «esas cerillas fosfóricas, tan calumniadas por los apasionados del encendedor automático»... Y que pese a todo sobreviven.

Tags: A Coruña ciudad
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