66 años.
Oleiros
Ángeles
Franqueira
Gómez
Cada mañana, al descorrer las cortinas, podía ver su silueta correteando ante la ventana, dispuesta a salir con una alegre sonrisa dibujada en la niebla matinal. Era alegre como un ruiseñor y lo mostraba en la expresión de su rostro y en sus gestos. Él aparecía ante la puerta para darle el beso de despedida como un amante oculto en los recovecos de la casa, que yo no podía distinguir. Al atardecer, el piso se iluminaba y lograba vislumbrar la placidez de un amor sereno y maduro, sin sobresaltos. Contemplaba esa escena día tras día con la envidia de un niño ante el escaparate de una pastelería en la que le estaba prohibido entrar. Me sentía atraído por aquella ventana que encerraba la felicidad que yo anhelaba. Y con sigilo, cada mañana y cada tarde, observaba desde mi escondite la escena doméstica que ya formaba parte de mi existencia de hombre solitario. Una mañana vi que la ventana estaba cerrada y corridas las cortinas. Pasaron los días y ni la joven ni el hombre se me mostraban. Al anochecer alguna luz se filtraba a través de las cortinas ocultándose a la vista del exterior. Estuve al acecho largas horas. Necesitaba volver a ver a aquella joven que ya pertenecía a mis sueños y a su amante capaz de convertir una imagen en la escena de la felicidad.
Después de unas semanas, una noche la casa se iluminó. Distinguí la silueta del hombre, que vagaba como un sonámbulo y comenzaba a descolgar cuadros, o quizá fotos, y guardaba cosas en bolsas con gestos exasperados. Sentí que el desánimo se apoderaba de mí. Esa noche la luz no se apagó y el hombre deambuló como un ladrón en su propia casa. A la mañana siguiente lo vi salir, encorvado, envejecido y demacrado. Y, cuando miré a la casa, en la ventana había un letrero: «Se vende». En ese instante un fogonazo de luz me cegó, obligándome a cerrar los ojos. Al abrirlos de nuevo, en la ventana de enfrente, las cortinas corridas permitían contemplar la escena del hombre que, solícito, despedía con un beso a la joven de pies de bailarina.
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