Era un conocedor de vida, un matador de esperanzas. En su infancia y en su juventud trataba de alentar sus ansias de conocimiento, un conocimiento basado en situaciones, en contextos, en experiencia vital... dejando a un lado lo que para él sentía como fracaso, aquel sistema educacional.
Sus estancias en el colegio se limitaban a una mera presencia corporal, mientras que espiritualmente viajaba por recuerdos que volvía a revivir para llevar un análisis exhaustivo de errores.
Remontémonos al verano en el cual, a modo de ejemplo, Francis (como lo denominaban sus progenitores) salió de casa una mañana y quedó estupefacto cuando llegó a sus oídos la siguiente proliferación: «En el pelo no, en el cabello».
Francis llegó a casa aturdido, sobrepasado por los acontecimientos. Su corta edad y su escaso dominio de la totalidad del léxico hacían comprometerlo en una tesitura a la que dos días después encontraría solución: pelo desde la generalidad, cabello en la concreción. Incluso se doctoraría en la materia con la inclusión de un término relacionado: cuero cabelludo.
Para él esta enseñanza fue como la parábola del hijo pródigo para la humanidad.
Y así día tras día, año tras año. De esta manera pudo llegar a abarcar la mayoría de elementos de la nutrida sociedad española. Ya en su madurez, su aspecto desaliñado albergaba unos conocimientos inauditos en cualquier ser humano.
«Ladies and gentlemen». Así empezó Francis su discurso desde la cátedra que lo acreditaba como doctor honoris causa por la Universidad de Harvard.
Dominaba tres idiomas, había creado numerosas empresas y su caudal monetario era tal que podría habilitar un sistema de riego para todo el África subsahariana. Pero no lo hizo. Ya con la cara desfigurada por unas profundas arrugas, una enfermedad fulminante se adueñó de él. En ese momento se dio cuenta de que en su vida no había hecho una reflexión capital. Hasta entonces no había querido saber nada de la lección del cariño.
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