Llovía sobre la aldea. Aquella tarde de abril parecía que el invierno se resistía a abrir la puerta a la primavera. Las alimañas buscaban cobijo entre los escombros de las casas y los establos. Hacía ya más de veinte años que había muerto el último habitante de la aldea, un hombre mayor, cuyo nombre ya nadie recordaba y cuya memoria ya nadie honraba. Parecía mentira que, en ese montón de escombros invadidos por la maleza y el olvido, hubiera latido la vida no muchos años antes. Parecía mentira que, entre esos escombros, se hubiera soñado, luchado, sufrido y amado. Sin embargo, nada quedaba ya de tantas ilusiones, de tantas alegrías y de tantas tristezas. Pero el abandono no fue repentino, primero marcharon los más jóvenes, buscando una vida mejor en la ciudad que, como un pulpo, los atrajo con sus tentáculos magnéticos de asfalto y hormigón. Los que allí quedaron fueron envejeciendo, algunos marcharon y otros murieron. Tanto es así que llegó el momento en que el cura, entre tanto entierro, se olvidó de cuándo había celebrado el último bautizo. A medida que las últimas luces se iban apagando, el olvido se iba cebando con la aldea. Pronto, incluso la carretera de acceso, fue invadida por las zarzas y los tojos. Ya nadie recuerda dónde era esa aldea; ni cómo se llamaba esa fuente de la que manaba agua cristalina, fresca en verano y fría en invierno; ni en qué día la aldea se engalanaba y honraba a su patrón; ni qué cantaban sus habitantes mientras segaban los campos, trasquilaban las ovejas, molían el trigo o abatanaban el lino. La lluvia, como el olvido, caía con fuerza sobre los caminos, plagados de malas hierbas; sobre los tejados, vencidos por el peso de los años, y sobre los muros desnudos de las casas. Definitivamente, la primavera ya nunca más volvería a la aldea.
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