Ella corría, el gabán descuidadamente desabrochado y el rostro descompuesto por la prisa.
Respiraba con dificultad, la tráquea oprimida por un coágulo de sílabas y las manos enfundadas en temblores.
Ella olía a miedo y los perros le ladraban al paso. Y fue a las once cuando, tras la última campanada de la catedral, el coágulo de pronto se licuó y le siguió una expulsión semántica.
Gritó y aquel grito que era arrojado al exterior, como en un parto prematuro, no halló manos que lo asiesen, ni halló paredes por las que trepar y salvarse así del silencio.
Se precipitó al suelo: cayó formando una elipsis, como caen los meteoritos cansados, con las consonantes por delante, y ya sobre el asfalto, reptó un instante, a causa de la inercia, hasta quedarse muy quieto, como a la espera. Una multitud ausente se arremolinó a su alrededor.
Le observaron impasibles todas aquellas cuencas huecas, sin asomo de estupor. Nadie se agachó para levantarla.
Y muy pronto se fueron uno a uno, los impasibles, en fila india, desapareciendo en un orden calculado, por las calles adyacentes.
De todos es sabido que los impasibles proceden así, se esfuman como las horas de la aurora.
Ninguno de ellos había reparado en ella.
Ella, sentada en el suelo, a cinco metros del grito, de aquel grito que ya no era de ella, aquel grito ajeno como un hijo no deseado...
Y, sin embargo, el único que la había visto llorar.
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