En 1990, con 35 años y ya ciega a causa de una retinitis pigmentaria, Mariluz Sánchez abandonó Dumbría con su hijo de 9 años rumbo a una ciudad desconocida a 1.200 kilómetros de distancia donde la ONCE le ofrecía un empleo como vendedora de cupones. «Na aldea morría de pena, traballaba no campo, pero facíanme máis inútil do que era e todos os días lle preguntaba a Dios por que me dera ao meu fillo. Agora sei que foi para darme forza», explica la mujer mientras rebusca en su quiosco de A Coruña el último libro en blanco que la ha encandilado: Los hombres que no amaban a las mujeres. Va por la mitad. Independiente, alegre, con el recuerdo presente de los años oscuros, Mariluz vive sola y se declara feliz. Le gusta cocinar, el cine, hablar con sus clientes y la gente que le pregunta si necesita ayuda. Detesta planchar, las bocas de riego y la insolencia. «Ver e perder a vista é moi triste, pero antes non vía o que vexo agora, a boa xente, o pouco sentido duns pais cos que topei nun semáforo e lle rían as grazas ao pequeno movéndose diante miña, e eu sen poder cruzar, a amabilidade doutros... Vaste rir de min, pero eu agora sei cando a xente minte».
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