De la lectura del informe de educación de la OCDE, referido al curso 2007/08, podría sacarse la conclusión de que el sistema educativo español va bien. No es cierto, principalmente porque en este estudio no se toca el problema esencial y básico: el fracaso escolar. Por supuesto que hemos progresado en algunos indicadores. Aumentó el porcentaje de escolarización en la enseñanza posobligatoria (bachillerato y formación profesional-FP) y mejoró el nivel educativo de la población adulta, por ejemplo. Pero falla la base, lo cual, aunque parezca una exageración, amenaza todo el edificio. La propia OCDE, en su informe del año pasado, lo destacaba: estamos 15 puntos por encima de la media europea en fracaso escolar; solo van peor Portugal y Malta. La formación básica de los alumnos españoles es muy deficiente.
Otra debilidad clásica que sí analiza el informe es la carencia de una oferta educativa adaptada a las necesidades del mercado laboral. Aumentó el número de titulados en FP de grado superior, pero en el medio estamos muy por debajo de la mayoría de países europeos. Un alto porcentaje de puestos de trabajo correspondientes a este nivel de cualificación son desempeñados por universitarios que, por tanto, están subempleados. Falta buena orientación académica y profesional y, sobre todo, mayor valoración social de la FP. Por eso seguimos estando por encima de la media de la OCDE en porcentaje de población que ha alcanzado estudios superiores, aunque luego desempeñe puestos de trabajo inferiores.
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