En el pasado la ceniza de los volcanes ha arrasado regiones enteras, enterrado ciudades y modificado el clima del planeta. Hay historiadores que le achacan la Revolución francesa, e incluso en el arte y la literatura puede detectarse su huella
Esta semana, la ceniza del impronunciable volcán islandés Eyjafjallajökull ha manchado la frente de los europeos como si se tratase de un ritual de Cuaresma. No es la primera vez ni la más grave; y hay que decir que si uno lo mira a la luz de la historia, y piensa en Pompeya o Herculano, ciudades a las que la ceniza volcánica embalsamó como a momias, entonces el caos aeroportuario de esta semana parece bien poca cosa.
Se lo parecerá, en primer lugar, a los propios islandeses. Su país está cubierto de las incontables cicatrices de una intensa la actividad volcánica. Pero de entre todos los tipos de catástrofes naturales que se han abatido sobre la isla, la nube de ceniza ocupa un lugar muy especial en la memoria colectiva. Allí todavía se habla con cierto temor reverencial del «hambre de la niebla», un episodio que ha quedado grabado en la historia del país. Lo que resulta bastante comprensible, porque estuvo a punto, precisamente, de poner fin a esa misma Historia.
El hambre de la niebla
Ocurrió una mañana de junio de 1783, cuando los granjeros del distrito de Vestur-Skaftafellsýsla contemplaron cómo una nube de humo negro se alzaba en el horizonte y viajaba velozmente hacia ellos. Era el volcán Grimsvotn el que había entrado en erupción. En pocos minutos la nube oscura los había alcanzado, ennegreciéndolo todo con un manto de ceniza. El río Skaftá se secó repentinamente y, cuando a los dos días volvió a correr su curso, lo que bajaba por su cauce era lava ardiente.
En esta escena de pesadilla lo peor estaba por llegar. Cuando empezó a llover, la ceniza se convirtió en una masa viscosa y venenosa. La gente apenas podía respirar, los pájaros caían muertos sobre los campos y se perdió la mitad del ganado. Los que se salvaron tuvieron que enfrentarse a una hambruna catastrófica a la que se bautizó con el nombre engañosamente poético de hambre de la niebla. Esa niebla era la nube tóxica que diezmó a la población y contaminó durante años la hierba. Se calcula que perecieron más de 10.000 personas, la quinta parte de la población total de Islandia en aquella época.
El hambre de la niebla va más allá de una simple tragedia nacional. Como ha ocurrido estos días con la erupción del Eyjafjallajökull, la nube de ceniza también se extendió entonces al continente, con consecuencias bastante más serias que la suspensión del tráfico aéreo.
En Inglaterra la ceniza destruyó el forraje y obligó a sacrificar el ganado a precios de saldo. En Francia, el ciclo de malas cosechas condujo a la carestía del pan y la inflación. Es aquí donde algunos historiadores sitúan el desencadenante de la Revolución francesa.
Existía un precedente todavía más sobrecogedor, el de la explosión del volcán Huanyaputina en Perú, en el 1600. Su ceniza cayó sobre un área de unos 300.000 kilómetros cuadrados, en lugares tan lejanos como Groenlandia y el Polo Sur. Lima quedó completamente cubierta, pero también un barco que navegaba a más de mil kilómetros de distancia. En Arequipa los tejados cedieron por el peso de la ceniza que cayó tan solo durante el primer día (y siguió cayendo otros nueve días más). La tierra quedó devastada en la zona de la erupción y, en todo el planeta, el sol y la luna quedaron eclipsados durante meses.
En Islandia, precisamente, los cronistas cuentan que la luz del día fue tan tenue que durante casi un año no hubo sombras.
El año sin verano
A consecuencia de la erupción del Hanyaputina, el año 1601 fue el más frío de dos siglos. Porque este es uno de los efectos más importantes de la actividad volcánica: el polvo y la ceniza hacen de pantalla para los rayos solares, con lo que después de una gran erupción las temperaturas globales pueden llegar a caer de manera considerable. Es lo que volvió a suceder en 1816, cuando el volcán Tambora, en Filipinas, provocó lo que conoce como el año sin verano. Las temperaturas bajaron entonces cuatro grados de media y hubo nevadas en junio en la latitud de Nueva York. Tan solo en Irlanda, el hambre y el frío mataron a más de 60.000 personas.
La ceniza desapareció de la atmósfera a los dos años, pero no sin dejar su rastro en la cultura europea. Cuando Dickens inventó con sus novelas el mito de las Navidades blancas, por ejemplo, estaba recordando los gélidos inviernos de su infancia en Londres.
Fue también el frío intenso de aquel año sin verano el que obligó a Percy y Mary Shelley a quedarse encerrados en su casa de Ginebra contándose historias, veladas de las que surgiría el personaje del monstruo de Frankenstein, un cuento dominado por el frío y el hielo.
También el que muchos consideran el cuadro más emblemático de la pintura moderna es en cierto modo el producto de la ceniza volcánica. Se trata de El grito, del pintor noruego Edvard Munch. El artista ha relatado cómo las «lenguas de fuego» que se ven en el cuadro se las inspiró un atardecer intensamente rojizo que observó paseando por el fiordo de Oslo. Le pareció un «grito de la naturaleza» (el personaje que aparece en primer plano no está gritando, sino tapándose los oídos). Esos atardeceres «del color de la sangre» fueron muy habituales en los años que siguieron a la erupción del volcán indonesio Krakatoa, en 1883, cuya explosión fue tan violenta que se escuchó a 4.000 kilómetros de distancia, hizo que la tierra vibrase como un diapasón y puso piedras volcánicas en órbita. Su ceniza se extendió por todo el Planeta (cubrió las calles de Barcelona) y reflejó la luz de la forma en que se ve en el cuadro de Munch.
También la ceniza del Eyjafjallajökull, que viaja ahora mismo sobre el norte de Europa, ha comenzado ya desde el miércoles a ofrecer en Gran Bretaña y Escandinavia el espectáculo de atardeceres intensamente encarnados. Un vez que los científicos han descartado que suponga ningún peligro serio, podemos considerarlo una especie de postal, un pequeño recordatorio de la magnitud de las fuerzas que esconden las entrañas de la tierra.
En el pasado la ceniza de los volcanes ha arrasado regiones enteras, enterrado ciudades y modificado el clima del planeta. Hay historiadores que le achacan la Revolución francesa, e incluso en el arte y la literatura puede detectarse su huella
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios