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CRÓNICA Una jornada entre los gallegos del futuro

Canciones, colores y rutinas en un mundo a escala que a menudo se prolonga más de lo aconsejable«¿Qué hace un niño de esta edad a las nueve de la noche en un centro? -se pregunta la directora de una escuela-.A esas horas tendría que estar durmiendo en su casa»

Autor:
Jorge Casanova
Fecha de publicación:

Igual uno de ellos, o de ellas, será presidente de la Xunta, o escribirá al fin la gran novela gallega, o viajará al espacio... De momento, todos se parecen bastante: bajitos, curiosos, inocentes. En la clase de los mayores de la Galiña Azul (la red de escuelas infantiles de la Xunta) de Rois, Carlos habla sin parar. No se le entiende nada

-¿Ti que queres ser? ¿político?

El chaval sonríe bajo unos enormes ojos azules y contesta con otra perorata ininteligible ante el asombro del resto de la clase. «Só se lle entende perfectamente, que o di moi ben», bromea Óscar, el director de la escuela, y maestro también en esa aula. ¿Hacía falta una guardería en Rois, un concello de cinco mil habitantes, donde hay más censo de mayores de 85 que de menores de cuatro? Parece ser que sí, porque no hay plazas. Como en el resto de centros de Galicia, estos días se tramitan las matrículas para el próximo curso: «Se renovasen todos os que están agora, xa non teriamos prazas», explica el director.

Allí, en Rois, se maneja el mismo lenguaje rimbombante que caracteriza el discurso pedagógico y que convierte a un ábaco en el eje de un rincón de estimulación lógico-matemática. Pero en la clase del locuaz Carlos hay más de uno con marcas visibles de hazañas recientes. Chavales de campo que no necesitan de excursiones a la granja para echarle mano a una gallina. En Los Sauces tampoco. «Mucha gente me ha preguntado por qué le llamamos así a la escuela. Y respondo que aquí siempre hemos querido huir del infantilismo», resume José Luis Blanco, director del centro. La escuela abrió en 1975, cuando el hoy cuestionado término guardería era el no va más. Y ya entonces no le gustaba: «Los niños son personas, no son cosas que se puedan guardar».

Lilliput

La escuela está ubicada en un elitista barrio de A Coruña y dispone de 7.000 metros que le permiten mantener su propia granja, piscina, invernadero, varios parques... Blanco subraya el discurso educativo y explica que los jardines son precisos para estimular la psicomotricidad; que la piscina es esencial para el desarrollo intelectual de los niños y así sucesivamente.

Por allí, la chavalada canta en el aula o sale al parque, a la granja, al pabellón o al comedor. Un pequeño Lilliput, donde la taza del inodoro apenas levanta dos palmos y la piscina cubre 35 centímetros. Un mundo a su medida.

En A Caracola, la última escuela infantil abierta por el Concello de A Coruña, uno de los chavales llora con toda su alma frente a la impotencia de su padre, que no sabe cómo ponerle la chaqueta. «Siempre hace lo mismo -explica la directora, Beatriz Ferreira-. Si viene su padre solo, le monta este número». Bea acude al rescate y, tras una breve charla con el pequeño, restablece la armonía. «Es verdad que nos ven como peluqueras, cuidadoras, cambiaculos... pero aquí se trabaja con muchísimo esfuerzo», relata la directora, que desarrolla el proyecto del centro: talleres de cocina, de teatro, de jardinería... Lo hace mientras la mayoría de los niños despiertan de la siesta y los padres acuden a recogerlos. Algunos se quedarán un par de horas más. Pero a las seis de la tarde ya se habrán ido todos: «Es que si no, no es normal. ¿Qué hace un niño de esta edad a las nueve de la noche en un centro? A esa hora tiene que estar durmiendo en su casa», concluye la responsable del centro.

A Caracola presume de poner en práctica la pareja educativa, es decir, dos técnicos por aula, al menos en los momentos de máximo tráfico. Como en Rois. Toda atención es poca porque, aunque los chavales se van adaptando a las normas de forma natural, nada más fácil que desbaratar el orden. «A estas edades no hay conflictos», asegura Ferreira.

 

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