La villa ourensana mantiene la esencia de su entroido, con hormigas, harina y peliqueiros, sin dejarse cegar por los centros comerciales, los buzos y el espray
«Outro pardillo». Sin inmutarse, y con cara de haberse curtido en mil entroidos, el hombre, boina algo ladeada y ojeras, echa una visual rápida hacia el fotógrafo que armado hasta los dientes de cuerpos y objetivos asciende por la ladera para ver Cimadevila, de donde saldría por la tarde la Morena. Esto es Laza, el carnaval más enigmático y puro de los populares, porque hay otros, muy minoritarios y poco mediáticos, que no los conocen nada más que los vecinos.
Pero Laza sí. Laza ha traspasado fronteras y todos los años desde hace dos o tres décadas se dejan caer por aquí fotógrafos con perfecto atuendo de guiri made in Coronel Tapioca dispuestos a mostrarle al ignoto mundo cómo es la Galicia profunda. Salvadores de la patria etnográfica y folclórica con excepción de la gran Cristina García Rodero, la fotógrafa española más internacional y que también estaba ayer en Laza.
Y es que en esa olvidada localidad ourensana por donde pasaban los gallegos que iban a Castilla a cortar el trigo -inmortalizados por Rosalía de Castro en aquellos versos «Castellanos de Castilla, tratade ben aos galegos; cuando van, van como rosas; cuando vén, vén como negros»- no se andan con bromas. Los antropólogos de despacho no encuentran explicación a ese acto que dura todo el día en el cual los farrapos vuelan por la mañana llenos de barro y agua buscando la cabeza del que se pone a tiro. ¿Masoquismo? ¿Danzas tribales? ¿Enfrentamientos de tribus? ¿Reminiscencias celtas? «¡Quite de aí, ho! Isto sempre foi así e faise como sempre, para pasalo ben». Y los paisanos de más edad cortan la perorata culta de algún investigador que con magnetofón algo escondido y libreta en mano quiere descubrir él solito el intríngulis del carnaval. «Nin Franco nos parou», remacha un octogenario dando cuenta de algo cierto: con prohibición o sin ella, en Laza salieron los peliqueiros. Y que cada palo aguante su vela.
Salieron ayer, vaya si salieron. A las seis y cuarto arrancó la Morena -una cabeza de vaca- seguida del tradicional burro, en esta ocasión montado con poca pericia y mucho ánimo por una fotógrafa ourensana. Y a bajar a la plaza de A Picota en medio de zurriagadas de tojos y barro con hormigas, muchas hormigas pero más aletargadas que otros años. «Home, é que con este frío xa me dirá?». Y ya poco antes de arribar a A Picota entró en acción la tormenta de harina sobre los millares de ciudadanos que incluso en autobús se desplazaron hasta allí, incluyendo el alcalde de Rairiz de Veiga, que acabó blanqueado.
Los peliqueiros, a lo suyo
Media hora había durado la bajada de la Morena y quince minutos más tuvieron que esperar para que hicieran su aparición los peliqueiros. Y los peliqueiros, a lo suyo: a abrirse paso en el rumbo que se tenían trazado y que encontraron ocupado por la multitud. O sea, a correazos. Y pasaron, por supuesto.
Lo que no se vio fue ni atisbos de la contaminación del carnaval urbano. Por aquí no aparecen buzos, espráis, provocaciones originadas en la testosterona más o menos marginal del barrio y la videoconsola. Los cambios son mínimos, y se reducen a que el personal ha hecho una visita por una superficie comercial para comprarse el traje de oso o de Spiderman.
Ha caído la noche no hace mucho. El fotógrafo guiri ha dejado su equipo en el suelo bajo una farola, se ha quitado su chaleco, se rasca desesperado porque se acercó demasiado y de repente se vio rociado de hormigas y hasta parece que, en su desesperación, asoma una lágrima en los ojos. Y es que esto es Laza. El carnaval más puro de todos los populares. Por cierto: apareció la a estas alturas clásica abeja Maya de Verín con su grito de guerra: «¡Nenas, coidado comigo que teño o aguillón cheo de veleno!». Perro ladrador?
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