Pablo se estrenó en la cooperación internacional en Nepal: «No tenía ninguna experiencia en este tipo de proyectos, pero siempre me interesó. Ahora me he dado cuenta que entusiasmo y dedicación, aunque necesarios, no son suficientes. Hacen falta grandes dosis de paciencia, flexibilidad y diplomacia».
A su vuelta a Londres, el programa continúa hasta su siguiente visita. «De momento, hemos conseguido que un nepalés licenciado en Bellas Artes que trabajó como voluntario en el proyecto vaya a Bal Mandir a diario a trabajar con los residentes sin escolarizar, y estamos negociando la contratación de un educador especial local y un fisioterapeuta». También planean levantar una pequeña escuela en Bal Mandir, gestionando recursos y formando profesionales locales.
Arte al servicio de la infancia, aunque con escasos recursos que se ven desde que se cruza el umbral del centro: «Acostumbrados a que no nos falte casi de nada, nos obliga a desarrollar la imaginación». Y también peleando para cambiar actitudes. «Es difícil llegar de lejos y convencer a las cuidadoras de las ventajas, por ejemplo, de usar un trapo distinto para limpiarle la cara a cada niño».
El resultado es «impagable, observar como chavales tan olvidados se van haciendo más receptivos a nuestro trabajo con ellos, cómo aumenta su socialización, cómo aprecian la atención recibida, cómo les motiva tener oportunidades de hacer algo distinto y estimulante», finaliza.
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