Al final, los líderes mundiales no regresarán de Copenhague a sus países con los bolsillos vacíos, pero casi.
«Más de 190 países no pueden volver a casa con los bolsillos vacíos». La frase la había dicho el comisario de Medio Ambiente de la Unión Europea, Stavros Dimas, en la noche del viernes, cuando las negociaciones estaban bloqueadas y un poco antes del golpe de efecto de China y Estados Unidos. Al final, los líderes mundiales no regresarán a sus países con los bolsillos vacíos, pero casi. Solo se han llevado una limosna que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha bendecido como un «acuerdo significativo y sin precedentes». Lo cierto, sin embargo, es que en Copenhague no ha obrado el milagro Obama, sino que ha escenificado el fracaso de la diplomacia internacional y un retroceso con respecto al acuerdo adoptado en la cumbre de cambio climático de Bali adoptado hace dos años, en la que los países habían aceptado trabajar sobre la base de una reducción de entre un 25 y un 40% de los gases de efecto invernadero de cara al 2020.
Bali había establecido la hoja de ruta para llegar en Copenhague, dos años después, a un tratado vinculante que sustituyese al Protocolo de Kioto. En la ciudad danesa no solo no se ha logrado el objetivo, sino que ahora tampoco se vislumbra una fecha para lograrlo. Y Kioto expira a finales del 2012.
Copenhague ha escenificado también la brecha que existe entre las grandes potencias y los países pobres, en la que unas han actuado al margen de los otros. Y, sobre todo, ha diluido el papel protagonista que hasta ahora tenía la Unión Europea en la lucha contra el cambio climático hasta convertirlo en un mero actor secundario. Si la UE logró que Kioto fuera una realidad, en Copenhague no le quedó más remedio que aceptar a regañadientes la propuesta que les comunicó Obama para lavar la cara ante el mundo. Y el golpe de timón tampoco fue una iniciativa propia de Estados Unidos, sino que el mando partió de China, sobre todo, y de India, que se buscaron como aliados a Brasil y Sudáfrica. Todos consiguieron su objetivo: que no los obligaran a reducir emisiones, unos, y que no aumentasen su propuesta de disminución, otros. Si hay algo positivo, sin embargo, que EE.?UU. entra en juego.
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