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ECOALDEAS EN GALICIA La vida en «zona liberada»

Taldea, Arcadia o Lakabe son ecoaldeas que funcionan en España. En Galicia lo hace desde hace 16 años la de Tanquián, en Pantón. Muchas se resquebrajaron y revivieron de nuevo. Convivir en comunidad no es fácil.

Autor:
XAVIER LOMBARDERO
Fecha de publicación:
Hora:
Actualizada a las 18:19 h

Huir de la ciudad. Volver al campo a vivir de la tierra. A mucha gente le ronda por la cabeza construir un paraíso natural. Dejarlo todo en pos de una autosuficiencia y sencillez que haga olvidar crisis generales o personales. Aunque parezca apasionante o romántico, no es fácil. En especial si uno pretende vivir en comunidad y sacudirse las jerarquías habituales para apostar por el consenso y el respeto. Fracasadas o agotadas las comunas de los años setenta, los experimentos alternativos que heredan algo de aquellas criaturas son las ecoaldeas. En Galicia hay algunos proyectos a punto de encallar, como el de Xestas, en Porto do Son, pero en Internet vuelan e-mails tratando de contactar para algún intento, y otros aún a medio cocinar mantienen cierta continuidad, como el de Tanquián, en Ferreira de Pantón (Lugo). Aunque la base sean los cultivos ecológicos, la permacultura, el fuego lo aviva una familia propietaria de la finca de 5,5 hectáreas, que ha tratado de encajar su vida en la mayor armonía posible con el resto del mundo. Y acoge a quien quiera aprender.

«¿Puedo llamaros nuevos hippies?», le pregunto a Emily en su casa en la parroquia de Deade, al final de una pista de tierra. «Quizás neorrurales o ecoaldeanos. El hippy se mueve sin dinero bu pertenencias y yo tampoco me siento así. Aquí hay mucha tecnología, permacultura...».

A primera vista podríamos etiquetarla en un cosmos de amor y hermandad. Pero lo que sí se siente esta alemana del norte es pionera. Llegó en 1993 al sur de Lugo con su compañero inglés y un hijo de un año. Hoy son tres sus chavales, que estudian en Monforte. Mientras cocina un puré de calabaza que también compartirá una pareja de jóvenes escoceses, voluntarios aprendices de la agricultura sostenible a cambio de casa, comida y enseñanza ecológica, Emily explica que nunca tanta gente ha pasado por su casa como este verano. De Madrid, de Barcelona, del extranjero... «La energía está ahí para hacer ecoaldeas, pero la mayoría no tiene ni idea de lo duro que puede ser. Por esta finca autosuficiente han pasado cientos de personas hartas del estrés de la ciudad. Y ahora más, porque ¿qué puedes hacer en la ciudad sin dinero? La diversión cuesta».

Algunas han echado raíces en el sur de Lugo, han comprado casa. De hecho en Pantón y Escairón viven ya bastantes británicos, aunque no todos practican la permacultura, un movimiento nacido en Australia y que propugna un aprovechamiento racional de los recursos, compartiéndolos y cuidando la tierra y las personas.

En Tanquián se han impartido cursos de bioconstrucción, ahorro energético y aprovechamiento de energías renovables. Muchas de las soluciones llevan miles de años en Galicia: la madera y otros materiales del entorno para construir. Saberes antiguos mças tecnologías e ideas modernas para que todo perdure muchas generaciones. A veces es el clásico retrete de agujero que había en las casas antes del cuarto de baño, transformado en letrina seca donde se hace compostaje para luego abonar árboles.

Pero también es medicina natural, una viña que no podía faltar en plena Ribeira Sacra, el horno donde se cuece cada semana el pan y una huerta sin pesticidas ni contaminantes. «Vive y deja vivir», subyace en esta ética. Emily está sobre todo orgullosa de su huerta, donde hay todo tipo de frutales y plantas. Si las chinches se comen sus colinabos, tratará de alejarlas haciendo crecer cerca alguna planta o con algún preparado natural: «La agricultura tradicional poca gente la hace. Yo hago mucho compost, no utilizo abono fresco, tengo siempre la tierra cubierta y planto mucha diversidad de cultivos. Si alguno falla, siempre podrán comer de otros».

Más verduras que bichos

Así puede vender sus productos (verduras, frutas, conservas, zumos...) al amparo del Consello Regulador de Agricultura Ecolóxica a cooperativas de consumidores de Lugo y, sobre todo, de Pontevedra y Vigo. Este mismo domingo presentará sus mermeladas Tuta Fruta en O Carballiño. Al final es como todo, si están buenas, salen adelante, pero reconoce que ha sido un camino difícil.

Se ha centrado en la agricultura, con pozos y riego por goteo, algún invernadero, dejando atrás experiencias con animales como los cerdos celtas, las ovejas o los caballos para excursiones turísticas. «Al principio tuve mucha bichería. El cerdo podía alimentarse de las bellotas del bosque de robles, pero acababa donde no debía; las excursiones a caballo eran un lío porque, además de pagar seguros muy caros, la gente no siempre aparecía cuando el día era lluvioso y los cazadores son un peligro casi todo el año. Tienes que ir con sombrero rojo y cantando por el monte. Vaca no tenemos, compramos la leche. Solo gallinas, dos yeguas y una colmena. Las abejas son geniales, son las únicas que trabajan y no te dan trabajo», explica.

A la entrada de esta «zona liberada», una especie de república independiente de Tanquián, crece un bosque de robles y boletos pero también con alguna mortal Amanita phalloides. Más adelante algunos visitantes y voluntarios han dejado sus caravanas e incluso algún tipi indio perfectamente montado. Cerca están dos casas de madera con placas solares que sirven para bombear agua desde un pozo hasta un depósito. Una la comparten Graham y Abbe con un enorme nido de abejorros «very dangerous». Hace dos o tres décadas probablemente su escala en Galicia hubiera sido la comuna de Foxo, en Negueira de Muñiz. Muchos alternativos pasaban por allí. No hablan ni papa de español y se afanan en los trabajos de un campo de frambuesos: «Hemos estado en ecoaldeas de Escocia, Rumanía y del sur de Francia y lo que queremos es montar la nuestra, probablemente en familia, porque en comunidad es muy difícil, dice ella.

Esa es la piedra de toque de estos proyectos, porque, aparte de generar un medio para que entre dinero y haya una cierta seguridad económica, la convivencia en una forma de vida más participativa es compleja. Saltar de la estructura jerárquica, de la dependencia del consumo y la obligación de trabajar muchas horas para provecho de otros a otro ritmo de vida más tranquilo y sano, pero también menos individualista, no es fácil. Y luego siempre cae algún inadaptado que no friega los platos. «Las comunas atraían jefes, asegura Emily, lo ideal es una organización asamblearia donde todo el grupo llegue a un consenso, sin dejar fuera a una minoría que incluso puede tener razón. Ese es precisamente el fallo de la democracia, que es un engaño. Cuando hay problemas, una comunidad fuerte habla los problemas, se da un tiempo a las personas y al final se decide si siguen o no. Es ahí donde se ve si hay comunidad o una simple aglomeración de individuos. Yo he visto muchos casos y otros me los cuentan voluntarios que llegan desde puntos tan lejanos como Australia o Nueva Zelanda».

El dogma y los «pantones»

En Tanquián no son nada dogmáticos si no es para mantener los principios de la agricultura ecológica o mantener mucho contacto con los hijos. «Comemos carne cuando la hay, estamos conectados a la red eléctrica para mantener las máquinas que necesitamos, usamos teléfonos e Internet y no miramos la tele durante las comidas, aunque hay una televisión en la sala de reunión y juegos. Mis hijos deben ver toda la porquería que hay por el mundo, enfrentarse a ella y elegir. No creo que sea bueno protegerlos mucho o aislarlos; el problema es que la gente pierde mucho el contacto con sus hijos y los jóvenes están superperdidos», dice Emily.

Lo habitual en el amplio espacio teórico de las ecoaldeas es que predominen motivos ecológicos y de recuperación del mundo rural abandonado pero puede haber tintes más sociales, exotéricos o terapéuticos con medicinas alternativas. Se suele dedicar al menos un día a tareas comunes y luego cada uno en su casa administra sus ilusiones y vida privada. Se busca unidad e identificación con otras personas pero, aun así, reconoce Emily, «puedo trabajar con bastante gente, pero convivir con mucha menos, por eso, si tienes tu puerta, la cierras y se termina el enfado». Como en los pueblos, son asentamientos donde todos se conocen, con carencias y afectos. Se trata de alcanzar cierta autosuficiencia desarrollando aspectos como la agricultura, la artesanía, el intercambio y las actividades formativas, culturales y espirituales.

La calidad de vida y la salud son más importantes que los aspectos monetarios y van surgiendo redes de economía alternativa y solidaria. Aunque en Tanquián ha fallado la corresponsabilidad en la propiedad, sí han montado un grupo de trabajo con otras diez casas y 20 personas del entorno para compartir huertos, un banco de tiempo y una moneda complementaria propia llamada pantón. Cada hora de servicio son diez pantones y cada pantón equivale a un euro.

La dificultad para conseguir un terreno adecuado en la fragmentada Galicia es otro obstáculo. En Tanquián dieron con alguien que quería vender su mitad de una casa señorial, donde había varias hectáreas juntas en un mismo trozo, pero no es lo habitual. Las herencias indivisas son un gran problema, y también las normas del hábitat que prácticamente imposibilitan construir o modificar algo. «Nos llamó gente de Cataluña que tiene dinero y sitio pero no puede hacer nada. Otros han optado por figuras como el cámping ecológico», señala Emily, que ha tenido que sufrir también la hostilidad de algún vecino.

 

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Autor de la imagen: ROI FERNANDEZ

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