Dos libros y un museo recuperan la aventura amazónica de los hermanos Barcia, que en el año 1900 crearon en Iquitos (Perú) el mayor negocio gomero del planeta
Un barco de vapor destartalado y humeante remonta el Amazonas en busca de las fuentes del río. A bordo, tres gallegos de Padróns (Ponteareas) soportan los ataques de mosquitos como abejorros, mientras el paludismo y la fiebre amarilla van matando a sus compañeros de viaje. Estamos en 1900. José, Benito y Generoso Barcia Boente habían arribado poco antes a Manaos (Brasil), puerta del Amazonas, atraídos por la fiebre del caucho.
El automóvil, que acaba de nacer, es un negocio pujante que demanda goma para los neumáticos en cantidades industriales. Gallegos, catalanes, ingleses, franceses... desahuciados sin patria invaden en pos de esta nueva riqueza un continente de aventura que se traga a los aventureros. Se hacinan en una ciudad caótica, peligrosa y pródiga en prostitución y sífilis, a la que los Barcia han llegado tarde. El filón del caucho se está agotando. Los rumores que bullen en las calles de Manaos sugieren que río arriba, en el Amazonas peruano, hay ingentes extensiones de árboles del caucho (Hevea brasiliensis), y los tres hermanos (otros cinco seguían en Padróns) deciden arriesgarse.
Sobreviven al viaje y, al bajar del vapor, establecen su campamento en Iquitos, en el departamento peruano de Loreto. Allí se abren camino a través de la selva, a machetazo limpio, entre cañaverales que se comían sus brazos, entre caimanes que se tragaban a su fuerza proletaria, indígenas en su mayoría. Completaban la compañía anacondas de varios metros y reductores de cabezas que no lograron minar su ánimo. No tardaron en conquistar y marcar una finca que bautizaron con el nombre de Galicia y que ocupaba exactamente los kilómetros cuadrados que tiene la comunidad autónoma. La dividieron en cuatro áreas: A Coruña, Lugo, Ourense y Pontevedra, y pronto se convertiría en la mayor productora de caucho del planeta.
Enterramientos en arena
El periplo amazónico de los Barcia es una de las gestas más heroicas de la emigración gallega. Sobre ella se han publicado varios libros, pero el tema es inagotable. El escritor Lois Pérez Leira reeditará el mes que viene su Protagonistas de una epopeya colectiva (editorial Galicia en el Mundo), con nuevos datos sobre la hazaña que él rescató del olvido, y prepara otra obra, Los reyes del caucho, que verá la luz en el 2010, junto con un museo de la emigración en Ponteareas.
El pulso que los Barcia echaron a la jungla en Iquitos fue a vida o muerte. Gonzalo Allegue describe esa época en su libro Galegos, as mans de América: «La selva pedía tipos bragados, inescrupulosos, fuertes, capaces de machetearse a sí mismos?para evitar una gangrena, consentir ser enterrados en arena caliente para curar la picadura de la víbora jergón o navegar un río sin mosquitero durante leguas y leguas, indiferentes a las mordeduras de los zancudos, el paludismo o las fiebres».
La hacienda peruana de los Barcia «los convirtió pronto en multimillonarios -recuerda Nuria Gándara, descendiente de aquellos pioneros-, hasta que la aparición del caucho sintético alemán durante la Primera Guerra Mundial sepultó su fortuna tan rápido como se había gestado». Tras la quiebra, Generoso regresó a Ponteareas; José, gerente de Barcia Hermanos, logró llevar una vida digna en Iquitos, y Benito emprendió una segunda aventura cauchera en Morona (Perú). Allí aún se podía recolectar goma sobornando a los nativos con machetes, «aunque los aguarunas podían ponerse a coleccionar cabezas en cualquier momento. Para trabajar en la jungla -prosigue Pérez Leira- los botiquines iban repletos de quinina. Pero no solo había paludismo; también hepatitis mortal y fiebre amarilla. No daba tiempo a evacuar a los muertos».
Benito Barcia abandonó Morona después de que un centenar de trabajadores pereciesen, afectados «por intensas fiebres, deshidratados por imparables diarreas sin que se supiese del asunto más que el nulo efecto de la quinina». A continuación se internó en la selva, donde murió en 1924. Lo enterraron de inmediato para evitar una rápida descomposición del cuerpo en la jungla, sin reparar en que era cataléptico. Estaba vivo.
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