Evitar contagios durante la atención a los infectados de gripe A exige ?de las profesionales información, precaución y mucho material desechable
Cándida Pérez Gonçalves se hizo una foto con el móvil vestida de «astronauta» para enseñársela a sus hijos. No era un baile de disfraces ni la fiesta de fin de curso. Era simplemente, una de las singularidades que, de vez en cuando, rompen la rutina de su trabajo de enfermera.
Cándida, como Sandra Alonso y Tina Andrés, son personal de enfermería en la quinta planta del Complexo Hospitalario de Ourense, donde se ubica una de las habitaciones de aislamiento utilizadas para pacientes con gripe A. La experiencia de atender a Mariana Reyes, una de las primeras enfermas tratadas en Galicia, es, afirman, un hecho más en su vida profesional. Pero, pese a la normalidad con que dicen afrontarla, las profesionales no son ajenas al revuelo mediático y a la presión social y científica.
Un enfermo de gripe A pone en marcha un dispositivo perfectamente protocolizado, pero con cara humana. Al personal de enfermería le corresponde formarse, obedecer pautas establecidas y ayudar al enfermo sin olvidar el primer mandamiento: la autoprotección. Para empezar, se trata de entrar lo menos posible en una habitación con especiales medidas de aislamiento, así que se aprovechan las horas de las comidas para realizar todas las tareas habituales: poner una vía, mirar la temperatura, dar la medicación, asear al enfermo, limpiar la habitación... «Por nuestra seguridad y por reducir el gasto», aclara Sandra.
Y es que atender a un enfermo de gripe A supone dinero -unos 255 euros por día, un 25% más que un paciente en una habitación normal- y toda una parafernalia de medidas de protección. «Cada vez que se entra hay que ponerse bata, impermeable, calzas, gorro, guantes, mascarilla y gafas de protección frontal y lateral para evitar las salpicaduras al pinchar, al toser... Y todo es desechable -explica Sandra-. Antes de salir de la habitación te sacas allí todo menos las gafas, que desinfectamos y reutilizamos porque no hay riesgo y, al principio, tampoco stock suficiente».
La comida, momento clave
El momento de la comida es el de máxima actividad en una habitación de aislamiento si el paciente tiene un estado general bueno, explica Tina Andrés. «A comida viña da cociña nunha bandexa normal, pero cos pratos desbotables. Nós cambiámola a unha bandexa normal para non meter na habitación a da cociña e, antes de sacala da habitación, desinféctase a fondo».
Para ellas, primer escudo humano frente al enfermo infectado, el protocolo actual ha dispuesto un registro de temperatura y síntomas de gripe durante dos semanas después de estar en contacto con el paciente aislado. Son pautas de medicina preventiva que en situaciones anteriores no se han aplicado.
Para el personal sanitario estas situaciones no son nuevas. Con el VIH, al principio, «ata se lle botaba lixivia ao teléfono», sonríe ahora Cándida. Y Tina recuerda «tres ou catro posibles casos de vacas tolas, sen confirmar porque a familia non deixou facer autopsia. Estaban en habitacións individuais, illadas de contacto, e nós entrabamos tapadas. En cambio, a familia non tomaba ningunha medida».
En ese punto la autoprotección del personal sanitario toca hueso. «El que está aislado -asegura Cándida- está más que controlado; el problema son los contactos. Muchas veces tenemos problemas con las visitas porque en los aislamientos no deberían entrar. Las visitas tienen que entender que el uso de esas habitaciones es para condiciones especiales. La persona está sola, pero es por algo».
Sin temor
Si no fuese por la relevancia pública, a estas enfermeras la gripe A no les afectaría demasiado. De hecho, explica Cándida, «muchas veces estamos expuestos a la tuberculosis con pacientes que son aislados después de estar 4 o 5 días con nosotras en una habitación normal».
Para los vecinos de la habitación, el primer paciente hospitalizado en Ourense «casi pasó inadvertido, no preguntó casi nadie». ·Se paraban en la puerta porque nos veían cambiarnos, pero no hubo ningún problema, nadie habló de miedo».
Y en cuanto a la familia, las madres lo llevan peor. Maridos e hijos tienen asumido que el riesgo es un gaje del oficio.
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