Le tiraba tanto el sur a Begoña Romero que dejó su empleo y sacó sus ahorros para irse expatriada. Primero fue Bolivia y ahora Perú, siempre vinculada a la infancia
Cumple Begoña uno de los perfiles quizá más tópicos pero menos reales en la cooperación internacional, el de una persona que hace el petate, deja sus compromisos laborales en el norte y se marcha dispuesta a aportar un grano de arena que equilibre la tan desigual balanza entre ricos y pobres. Aunque suene a utopía.
Emprendió la expedición hace un año. Primero Bolivia. Hoy es en Perú. «El enriquecimiento personal es difícilmente comparable a cualquier otro que haya tenido en España», relata. Llegar hasta allá no le ha salido gratis. Fue más una cuestión de instinto y valentía. «Es sumamente difícil encontrar un proyecto de voluntariado y completamente imposible conseguir un puesto de trabajo pagado por el Estado español, la Aecid requiere un máster en cooperación internacional que no baja de los 3.000 euros, inviable para gente joven que lleva, como yo, cinco años independiente», cuenta con cierta rabia. Ella estuvo un año entero buscando algo que se ajustara a su perfil, vinculado a la formación, la terapia, la psicología.
Cuando lo encontró, no lo dudó. Se fue a Bolivia, a la organización Alalay ('siento frío', en lengua quechua). Sin vinculación con ninguna entidad española, a diferencia de otros muchos. Colaboró como psicóloga con 58 niños de la calle. Esta iniciativa les ofrece alimentación, un sitio en el que quedarse y, en lo posible, también atención sanitaria. Siete meses permaneció en ese destino y se fue con un recuerdo duro: «El día que le dije a uno de los chicos que me tenía que ir, me miró fríamente, como solo puede hacer una persona que ha pasado por situaciones tan duras como él, y me dijo que le traicionaba». En Bolivia fue conociendo otras organizaciones y finalmente se fue a Perú, donde desde junio participa en el proyecto Maggie delle Ande. «Aunque nunca se haya trabajado con esta población, creo que con una buena capacidad de escucha y aprendizaje se logrará una excelente labor? Y se vive una experiencia maravillosa».
Con la educación especial
Su actividad en Perú está, como en Bolivia, vinculada al trabajo con la infancia. En este caso, con un grupo de niños con problemas de comunicación. «La educación especial -lamenta- es un asunto del que todavía no se tiene mucha información en estas poblaciones, así que hay que hacer un doble trabajo, educativo y formativo». Poco a poco se van logrando objetivos, los niños se van soltando y expresando: «Es alucinante comprobar cómo una niña que hasta el momento solo te llevaba de la mano hasta el lugar donde ella quería conseguir algo, de pronto comienza a señalar la fotografía de la ''pelota arco iris'' o utiliza el signo de dolor y apunta a su barriga».
Aunque eso no los aleja de la realidad que viven muchos de esos pequeños en sus casas: «No es fácil describir cómo son tratados por sus padres ni cómo se defienden de los diferentes ataques que se suceden de manera constante». Esa es la cruz. Ella prefiere la cara, «con cada sonrisa, cada conversación, cada proyecto, cada cosa que compartes... Es una suerte inmensa poder apreciar el día a día junto a ellos».
Por todo ello, por el aprendizaje constante, dice que es difícil echar de menos lo que se ha quedado. Salvo la familia. Pero «hoy por hoy en esta parte del mundo estoy más a gusto, todo tiene más sentido».
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