El embajador para la Conservación de la Pesca asegura que 7.000 familias dependen de esta actividad
«¿A qué gobierno se le ocurriría poner fin a una actividad sostenible que se ajusta a la Convención de la Biodiversidad y a la Unión Mundial de Conservación de la Naturaleza, cuando económicamente es perfectamente viable, sostenible y ecológica? En todo el mundo, los Gobiernos buscan cómo lograr que las poblaciones que viven en zonas remotas, donde hay desventajas económicas patentes, puedan vivir sin subvenciones del Estado. No se me ocurre ni una sola razón para poner fin a la caza de focas en Canadá».
Esta contundente declaración corresponde al embajador especial canadiense para la Conservación de la Pesca, Loyola Sullivan, que viaja por Europa para añadir luz a la polémica que anualmente envuelve a su Ejecutivo cuando llegan estas fechas, por la matanza de focas que se produce en el norte del país para comercializar sus pieles y otros productos. Ayer atendió a La Voz en la embajada canadiense en España.
Sullivan aclaró qué significa esta caza para las 7.000 familias que viven de ella: «Los que se dedican a esta actividad son pescadores, que viven de la explotación de diferentes especies, entre ellas las focas. Estas familias tienen unos ingresos medios anuales de 15.000 a 20.000 euros, y la caza de focas puede llegar al 35% de esa cantidad».
El rechazo mundial a esta actividad es debido, según el representante canadiense, a que «los ecologistas recurren a datos que buscan la desinformación». En 1992, estos pescadores sufrieron un importante batacazo económico cuando se instauró la moratoria de la pesca del bacalao, y en el 2001 dejaron de recibir las subvenciones que percibían para fomentar este mercado.
«Actualmente la caza de focas se basa solamente en fundamentos económicos. Es una actividad sostenible sin subvenciones, en una zona remota, en la que si hay alguna oportunidad de ingresar dinero es muy limitada», asegura Sullivan. Y añade que, si la UE prohibiera la importación de estos productos, «el impacto sería muy duro para la existencia de estas familias, la mayoría de Terranova y El Labrador, pues el 85% se concentran allí».
Asimismo, precisa que el control que se hace de los cupos de captura es muy riguroso, y reconoce que las imágenes que se ven cuando los pescadores usan el hakapic para golpear a los animales «no son agradables, pero los expertos han determinado que no son crueles», afirma Sullivan.
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