Xavi Sánchez coordina la construcción de pequeñas unidades sanitarias en Guinea Bissáu, un país con uno de los más altos índices de mortandad prematura
A la ausencia del mar es difícil acostumbrarse. Tanto que a Xavi Sánchez esa carencia le cambió parte de su destino. Iba para periodista, en Madrid, ciudad a la que acudió para estudiar COU y acceder luego a esa titulación. Pero no se acostumbró a tener más cerca la Cibeles que Riazor. Se volvió a su ciudad natal, A Coruña, y estudió Sociología. «Creo que es la decisión más acertada que he tomado nunca», relata ahora desde Guinea Bissáu, camino de su decimoctavo mes consecutivo en uno de los países menos desarrollados del planeta. Ocupa el puesto 175, de 177, en la escala que anualmente edita la ONU.
Hasta llegar allí su recorrido vital tiene mucho que ver con aquella decisión de volver al terruño. En la Facultade de Socioloxía de Elviña conoció la Oficina do Voluntariado de la UDC y empezó a colaborar en un centro de acogida de niños en Bañobre. De allá se fue a Barcelona a formarse ya en cooperación y luego a Honduras con la oenegé para la que trabaja hoy, la Asamblea de Cooperación por la Paz (ACPP). «Me impresionó todo aquello», recuerda. Luego partió a Nicaragua y, finalmente, a Guinea Bissáu. Así veía todo ello un sociólogo: «Lo que más me motivaba eran las ganas de conocer gente nueva, de aprender de otras culturas».
En ese pequeño país de la costa atlántica africana se encargó de abrir la delegación de la ACPP con una tarea muy concreta y muy compleja: construir y equipar unidades de salud en uno de los lugares con peores datos de salubridad, algo que notan especialmente los menores de 5 años y las mujeres en el paritorio. Podría parecer desde el norte que aquello no es nada sofisticado, pero para las poblaciones locales es un auténtico avance: una pequeña casa de 50 metros cuadrados con una sala de consulta general, una sala de partos y un depósito de medicamentos, junto a un instrumental básico, un pozo con bomba manual para tener acceso al agua y un panel solar para garantizar la energía.
Nada que ver con un hospital en el llamado mundo occidental. «Son infraestructuras muy modestas -admite-, pero con ellas tratamos de garantizar la asistencia al parto y detectar y tratar fácilmente las enfermedades más comunes aquí, como malaria, tuberculosis, diarrea, cólera...».
Esas dotaciones, a instancias de la oenegé y de la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo, la gestionan luego comités locales de las comunidades en las que se asienta. «Para nosotros es muy importante implicar a los habitantes». A ellos se les dan también algunas nociones sanitarias, como la formación de matronas, algo básico en un lugar con tan elevado número de nacimientos por mujer y de muertes fetales.
Las dos caras
«Lo más satisfactorio -relata-es cuando se acaban los trabajos en una comunidad y todo ha marchado bien, porque la gente está contenta y lo notas». Esa es la cara de una moneda, recuerda, con su cruz: «Lo peor son las frustraciones del trabajo, comprobar que a tu labor no le acompaña la política internacional y muchas veces parece que lo que haces es un grano de arena insignificante. Pero cuenta, ¡vamos que si cuenta!». Sin que olvide las «frustraciones diarias, la injusticia y las miserias que ves». Pero ello permite luego apreciar cosas como pulsar un botón y que genere luz. «Merece mucho la pena». Tanto como para dedicar a ello sus mejores años.
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