A partir de Burela se extiende un corto trozo de costa que carecía de carretera hasta hace poco y que ofrece la playa de Rueta y su castro
| José Cornide, el más activo ilustrado español, describió en 1764 toda la costa gallega, en un viaje que ahora recrea La Voz. No dejó escrito cuánto tiempo le llevó cubrir cada una de las etapas, pero, por las descripciones de los lugares, se intuye si pasó a correr por ellas o si se detuvo.
De Burela, en la costa de Lugo y que hoy muestra su faro en un islote cercano el muelle, dejó escrito que su puerto era «una concha sin surgidero, por lo que no pueden entrar en él embarcaciones mayores, ni aun las lanchas pescadoras pueden hacerlo sino en plena mar, teniendo la preocupación de abordarlas al instante», según recoge su librito Descrición circunstanciada de la costa de Galicia y raya por donde confina con el inmediato reino de Portugal, edición en O Castro del estudioso X. L. Axeitos.
¡Quién te ha visto y quién te ve! Afirmar que «el lugar es de ninguna consideración» deja a cualquiera boquiabierto, porque, si en algún puerto y lonja se registra actividad, ese es el de Burela.
Playas urbanas comunicadas por un bonito y tranquilo paseo marítimo que conduce al campo de fútbol a la altura de A Marosa, donde se extiende otro arenal. Comienza ahí un tramo de costa inhóspito, salvaje, con escasísimas edificaciones y, hasta hace poco, sin carretera. Son acantilados ariscos pero que no ofrecen peligro, puesto que es posible caminar a prudente distancia de ellos.
De esa forma, se alcanza la única ensenada de este tramo: la de Rueta, con su playa visitada -dice la tradición oral- por los piratas. Dicha ensenada se encuentra cerrada al este por un promontorio defendido por térreas y sólidas murallas: en efecto, es un castro. La playa es muy visitada en estos días por familias con niños.
Cornide lo tuvo difícil. Se encontró ahí con la desembocadura de un río que él recogió como Cervo o Rueta, hoy el Xunco. Y no lo pudo cruzar, así que tuvo que meterse tierra adentro, hasta las cercanías de la iglesia de Cervo, donde encontró un puente.
El viajero alcanza San Cibrán, un faro en un promontorio y una aldeíta de pescadores que ha ido creciendo hasta el extremo de que cuenta con un pequeño paseo marítimo. El istmo, arenoso, es tan estrecho que, en otros tiempos y con temporales de invierno, el montículo donde se alza el faro se convertiría circunstancialmente en isla. El ilustrado coruñés conoció esta pobre y entrañable aldea, sin duda.
Frente a San Cibrán y sus arenales -mayor el del oeste que el del este- se extienden tres islas «que distan un tiro de fusil unas de otras». Son Os Farallóns. Sus nombres: Pé, Baixa y Sombriza.
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