El AVE deja once estaciones en vía muerta entre Santiago y A Coruña

SANTIAGO

Solo el antiguo edificio de Verdía tiene utilidad como centro social y el resto están abandonados

11 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

«As casillas estaban aí, debaixo desas árbores, que eran as do gardaagullas e máis a do primera. Eran preciosas, moi longas. E había a garita onde cambiaban as agullas e todo iso. E a casa grande estaba aí abaixo». Clemencia Picón extiende el brazo para señalar lo que un día fue la estación de tren de Oroso, un lugar que «deu moito traballo, moitísimo; cargaban madeira, animais para un lado e para outro. Pero, así que veu a Finsa, o da madeira perdeuse». El Talgo, que pasa a toda pastilla sin detenerse ni pitar siquiera, no deja escuchar su voz durante unos segundos.

De soltera, Clemencia residía en Vilacide, pero se casó con un mozo de Sigüeiro, que la dejó viuda hace cuatro años, y ambos se fueron a vivir junto a la estación. El tren marcó el ritmo de sus vidas. «Agora xa non pita», se lamenta la mujer, que desde que cumplió doce años hasta los 58 se dedicó a recoger leche.

Clemencia dice que a la estación llegaban «estranxeiros de todas as partes, eu non os entendía, pero dicíanme se me podían retratar cos cabalos; eu era moi feita e chamáballe a atención unha muller dacabalo».

De la estación de Oroso poco queda; la cantina, que tiene las mejores truchas de la comarca; y lo que fue la nave de mercancías, completamente abandonada y con poco futuro.

Clemencia siente nostalgia de lo que fue aquello un día. «Tedes que ir aí, á parte de Castelo, aí tedes o edificio pero está completamente arruinado». La mujer se refiere a Garga-Trasmonte, la estación que está a medio camino entre Oroso y el viejo edificio de Pontraga, en Ordes.

«Meu marido tiña unha empresa de aserradeiro -cuenta Clemencia con cierta nostalgia- e meu pai, en paz descanse, traballou na estación toda a vida e despois empleou un fillo que tamén se xubilou aí; isto deu moitos cartos a moitos, paraban todos os trens, había estraperlistas, todo o mundo tiña algo que cargar».

Pero llegó el día que se acabó todo. Para ganarle minutos al viaje entre Santiago y A Coruña hubo que enderezar el tortuoso trazado primitivo de la vía, y eso fue la puntilla para Oroso, lo mismo que ocurrió con las estaciones de A Sionlla, Verdía, Garga-Trasmonte, Ordes-Pontraga, Gorgullos-Tordoia, Queixas-Londoño, Cerceda, Vila da Igrexa, Meirama y Bregua. En Oroso, por lo menos, todavía ven circular los trenes; más allá, lo único que queda de aquel camino de hierro es el balasto.

Si uno pasea despistado por A Sionlla y va a parar a la estación abandonada creerá que ha sido teletransportado a Guipúzcoa. La arquitectura del edificio nada tiene que ver con su entorno, y todo en él -lo mismo que en los apeaderos más pequeños y, sobre todo, en la estación de Pontraga- respira caserío vasco por todas partes. Pontraga, obra del arquitecto Ramón Cortázar, tiene una gemela, idéntica, en Azpeitia, un edificio que hoy acoge el Museo del Ferrocarril de la localidad vasca.

La recuperación de estos inmuebles llenos de posibilidades va lenta, y eso juega en contra de unos edificios que han sido testigos de la historia.