El campo de la fiesta es la moneda de cambio que exige a los vecinos el cura de Ribadulla para seguir celebrando misa
Salvo por una causa de fuerza mayor, los vecinos de Ribadulla, en Santiso, no volverán a escuchar misa en la iglesia de la parroquia. O eso, o renuncian a los que es suyo. El campo de la fiesta es el precio que le ha puesto el que fue su sacerdote durante las últimas tres décadas para continuar sirviéndoles como pastor de la Iglesia. Con ese mensaje despidieron a los lugareños dos párrocos que ejercen su oficio en la zona, en los que el cura de la parroquia delegó la ceremonia religiosa del pasado domingo.
«Antes de rematar a misa, leron un papel no nome do obispo para comunicarnos que se nos lles dabámolo campo, non ía dar máis misa, a non ser en situacións excepcionais como enterro», cuenta por boca de sus paisanos Jesús Sánchez, presidente de la Asociación A Veseña. El colectivo vecinal de Ribadulla asumió toda la vida el pago del catastro de los terrenos que la curia utiliza como moneda de cambio para seguir ofreciendo sus servicios en la parroquia. Están ubicados en el mismo recinto que alberga la iglesia y la casa rectoral -hoy abandonada- que los vecinos levantaron con sus propias manos cuando en 1967 las aguas del embalse de Portodemouros anegaron el templo y el cementerio de la parroquia.
Con la cesión de la propiedad restituyó la entonces hidroeléctrica Moncabril los daños causados por la construcción del pantano a los vecinos, que, hace cosa de un año, recurrieron al notario para certificar que son los titulares en la finca. Con los papeles en la mano, Jesús Sánchez explica que la única intención fue curarse en salud. «El mismo dicía -afirma en alusión al cura párroco- que iba vender a casa rectoral cos terreos». El presidente de la asociación vecinal cuenta que el sacerdote, incluso, «ofreceu unha parcela próxima para facer o cambio, pero os veciños nunca lle firmamos porque non era un documento oficial». De hecho, la finca que se negaron a recibir a cambio del campo de la fiesta quedó catalogada como masa común en la concentración parcelaria.
La historia, a la vista está, trae cola desde hace tiempo, pero, ni con esas, los vecinos de Ribadulla llegaron a imaginarse que les sobrevendría la amenaza de quedar sin sacerdote. Pero no por ello se sienten entre las cuerdas. «Non vai levar nada de aquí, que non viva equivocado. O tempo dos tontos ten que acabar, que veñen aquí a comer todo», dice, con firmeza, Jesús Sánchez. A un paisano suyo de 85 años tampoco le preocupa verse en la obligación de renunciar a los servicios de la Iglesia. «Aínda imos ter que aprender a dicir misa», exclama con ironía después de contar que en la vecina parroquia de Visantoña «estiveron unha época sen cura e os que morreron van no ceo igual». En las razones no ahonda este octogenario de Ribadulla pues sucedió, según recuerda, hace un cuarto de siglo. Además, no le va la misa en ello, como sí sucede ahora. Historias del pasado a un lado, el caso es que la parroquia esta sin cura desde el pasado domingo, cuando los dos sacerdotes que celebraron la misa retiraron del sagrario las ostias que para los fieles representan la presencia de Cristo en el templo y apagaron las velas «que iluminan ao Altísimo».
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