Fue un pianista de reconocido prestigio que decidió «aplicar a música á empresa» cuando asumió su dirección
| Sor Julieta, maestra de varias generaciones de santiagueses, guió los primeros pasos del niño Ramón Castromil en Orfas en los albores de la Guerra Civil, antes de irrumpir en un aula de las Escuelas Cristianas de la rúa Concepción Arenal, al lado del Capitol. ¿Un Castromil en un colegio de niños pobres? «De nenos pobres si, pero era unha escola magnífica. A miña aboa, que sabía que alí se estaba ben, fixo unha media trampa e fun a ese colexio aínda que non me correspondía». En una época de diferencias sociales muy acusadas, Ramón fue recibido como el zorro en un galliñero: «Tiven que gañarme pulso a pulso a súa acollida, e fun un máis deles».
De Concepción Arenal a la Algalia de Abaixo, el área de la ciudad que más se le hincaría en su corazón compostelano. El pazo de Amarante albergaba la Academia Menéndez y Pelayo, en cuya dirección ejerció su ostracismo docente Antón Fraguas, alcanzado por la teja franquista. Eran los años 50. Algalias, Truques, Campás de San Xoán, San Miguel... todas esas rúas y recovecos perdieron sus secretos bajo la perspicaz curiosidad de Ramón. En esa época salieron de sus manos unos artefactos de madera rodantes, a modo de rudimentario precedente de los autobuses venideros. Y es que la cuesta de la rúa Rodas se mostraba apetitosa para rodar sobre una caja y unas bolas un día tras otro. Las audaces carrilanas» partían de San Roque y se plantaban de un tirón en la Enseñanza. El tráfico dejaba hacer. Los bachilleres solo debían estar atentos a un coche familiar: el Castromil de las seis. «Nunca houbo accidentes», se ufana Ramón. Las pelotas de trapo eran otra alternativa callejera para este adolescente (en el monte de la Almáciga, vaya mérito) que más tarde remataría balones de cuero en Santa Isabel tras cambiarse en el vestuario del bar Sacho.
Claro está, todo eso lo hacía cuando las teclas del piano familiar, y su profesor Ángel Brage, se lo permitían. A los seis años ya hacía sonar a gloria el instrumento. Tenía claro que ese tenía que ser su destino, pero no lo tenían tan claro sus padres, que le hicieron emprender una carrera. Escogió la que le pareció más asequible, Derecho, y ni siquiera fue a buscar el título al finalizarla. Se lanzó sin pausa a la aventura musical: «Tiña 21 ou 22 anos, e para unha carreira deste tipo eses anos son fundamentais. Eu aconséllolle ós músicos que aproveiten ese período». Residió durante más de una década en Francia e Italia, y ofreció conciertos por todo el mundo. Afamados músicos compartieron su existencia y las crónicas hablaban maravillas del intérprete compostelano.
Intercambió pareceres entre el humo del café con Alberti, Rómulo Gallegos, Bacarisse, Otero Besteiro, Dámaso Alonso y María Casares («Sendo a primeira actriz de Francia conservaba un acento galego incrible»). Años más tarde, en sus tertulias del Español y el Derby, sus interlocutores eran diferentes: Piñeiro, Blanco Amor, Maside, García-Sabell, Quiroga, etcétera.
Un día, con la música circulando ávida por sus venas, colgó las partituras y se puso a los mandos de la empresa Castromil. «Apliquei a música á empresa, quixen ver a actividade artística reflectida en Castromil», refiere Ramón, que se propuso como objetivo «que a empresa tivera alma» y no fuese un ente puramente mercantil.
El bautizo de los coches con personajes gallegos, los Contos do Castromil, el compromiso con el idioma y un sinfín de actividades literarias, musicales y culturales en torno a la empresa, convirtieron a Ramón en un empresario atípico y a la firma Castromil en referente en Galicia y en España. El componente intelectual, unido al porte empresarial de Castromil, alimentaron su prestigio: «Todo iso custaba cartos, pero facíao porque pensaba que había que facelo. Outro empresario seguramente gañaría máis cartos».
Una aciaga fecha se cruzó en el camino: el 8 de septiembre de 1975. A golpes de maza el edificio Castromil se vino abajo. El dueño de la empresa quiso asistir al luctuoso evento de la muerte del emblemático inmueble modernista. «Os mazazos na fachada soaban como golpes no meu peito. Cheguei a sentir unha dor física». Ramón revive traumatizado el derribo: «Parecíame unha barbaridade e un crime tan grande que non podía entender que alguén puidera facer iso. Foi un crime contra Santiago». Se queda meditando unos segundos y reitera su lamento: «Foi un crime».
Recordando la efigie modernista del histórico inmueble, veía su presencia como «una transición suave e curvilínea» entre la parte vieja y nueva de la ciudad. Era «unha transición pacífica». Una terminología con claras reminiscencias del lenguaje político. Hoy esa transición entre el casco histórico y el Ensanche es abrupta, en el sentir del empresario.
Tras la etapa de Castromil, Ramón retornó a la docencia en el conservatorio y fue incrementando su actividad cultural e institucional, con cargos como la vicepresidencia del Consello da Cultura de Galicia y numerosas distinciones prendidas en su currículo. Filgueira Valverde le pidió que aupase la música en el Consello y ahí se topó con Carlos Casares, «unha persoa extraordinaria». Castromil no cesa de comentar la «boa sorte» que tuvo con la gente con la que compartió experiencias.
Lo que lamenta en el alma es la pérdida de las tertulias, «asesinadas» por los avances tecnológicos y, sobre todo, la televisión: «Acabaron coa transmisión de pensamentos bis a bis. Hoxe non é fácil o deleite de falar coa xente, escoitar e disfrutar».
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios