Cuando me encomendaron escribir sobre la vida de aquella pareja santiaguesa para promocionar la nueva sección semanal del periódico, Historias de Compostela, me dirigí sin mucho ánimo a la oficina donde me esperaba el peculiar matrimonio.
Estaba segura de que, como siempre, habían delegado la elaboración de las noticias más triviales en mí, por ser la novata. Sentados en el despacho me aguardaba una ancianita, llamada Pepa, y su compañero, Tomás. A este último ya lo había visto alguna vez. -Pero ¿de qué lo conocía?- me pregunté. Enseguida caí en la cuenta.
Era el caricaturista que tiempo atrás, en una callejuela cercana a la catedral, me había retratado por unas pesetas. Esa mirada afable, que ya me había escrutado antaño para pintarme, era inconfundible, incluso estando oculta tras las arrugas que ahora surcaban sus ojos.
Enseguida agradecí el poder escribir sobre ellos. Entrevistarlos fue realmente curioso. Según me fueron contando, su amistad ya había comenzado a forjarse desde la más tierna infancia. Y se había ido transformando hasta convertirse en amor llegada ya la adolescencia. Pero con 18 años, y tras estallar la Guerra Civil, fueron forzados a decirse adiós.
-En aquel entonces no teníamos móviles para comunicarnos, y perdimos irremediablemente el contacto. Fue duro -me aclaró Pepa-, pero yo no estaba dispuesta a perder al que había sido el hombre de mi vida por capricho de los demás.
Por eso, tras enterarme de que Tomás se ganaba la vida como caricaturista por toda la geografía española, me prometí viajar hasta encontrarlo. Tras varios años sin resultados, todo cambió cuando en la tele anunciaron el nuevo museo que se abría en Santiago por ser año santo. Creí verme dibujada en uno de los cuadros que enseñaban como reclamo. Así que decidí venirme aquí a investigar. Y ya de paso visitar al Apóstol, que nunca se sabe. Como ves, el milagro ocurrió finalmente y, por casualidad, al ver el puesto, decidí hacerme un retrato de recuerdo. Me quedé muda de asombro al reconocerlo.
-Yo sí que me quedé de piedra -alegó Tomás-. Sabía que aquellos rasgos no me eran ajenos. Y en cuanto la miré a los ojos no tuve ninguna duda. Era ella. Pepa. La chica que había pintado en cientos de lienzos, durante tantos años y con los que sacaba algún dinerillo cuando los vendía a algún museo. En definitiva, mi musa. Para que digan que los finales felices no existen.
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