Cuando llegamos a mayores volvemos la cabeza atrás. Recordamos sacando nuestras propias conclusiones. Por un momento nos sorprendemos de aquello que fue lo que es hoy.
En ese instante nos invade una sensación de desconcierto. Por suerte no es una compra, ni el juicio dependiente de algo importante que tengas que decidir. Se queda para ti, porque es de tu propiedad, lo escondes en tu pensamiento y sigues.
Esto es importante para el ser humano; la reflexión de lo que fue y que es hoy. Podemos enjuiciar y decidir cuál es mejor (difícil) ¿Quedamos con lo mejor de ambos? Sería una solución. Soy una, o mejor, fui una niña de la posguerra. Creo que los de mi generación me han entendido.
Cupones de racionamiento, meriendas con pan, aceite y azúcar (en el mejor de los casos) sin preguntas ni respuestas, historias contadas en murmullos; agudezas de oídos infantiles, que más tarde comprendías y así vivíamos. Unos mejor que otros.
Quisimos mejorar en todo y pagamos un alto precio. Se nos quedaron muchos valores en el camino, que hoy echamos de menos. No voy a mencionarlos; son muchos. Por eso mi indecisión de valorar lo que fue y lo que es hoy.
Quizá no reparamos a lo largo de nuestra andadura esta cuestión, porque vivimos muy deprisa, sin pensar que nuestra vida es comparable a la de un reloj.
El tiempo marca inexorable nuestra existencia y no hay marcha atrás. Pero nuestra mente posee el poder mágico de revivir los instantes que marcaron nuestro camino, recreándonos en el recuerdo de nuestras alegrías, tristezas etcétera.
Ahora no tenemos prisa, podíamos determinar en nuestro interior el pasado y el presente, con todas sus consecuencias.
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