La joven se detuvo a beber en una pequeña fuente. El perro que la acompañaba, un labrador de pelo largo color canela, colocó las patas delanteras sobre el borde de la fuente y solicitó ayuda de su ama para beber. Ella, haciendo un cuenco con las manos, las llenaba de agua una y otra vez y se las ofrecía. El animal sació su sed y lamió las manos de la chica, en señal de agradecimiento. Ella se agachó y le sacudió las orejas, le colocó cuidadosamente el parche que le cubría el ojo izquierdo y entonces gritó:
-¡Vamos, Silver ! Te echo una carrera hasta casa. -El animal la siguió, dando saltos de alegría, ante la inesperada atención que le prestaba su dueña.
Cuando caminaban cerca de su portal apareció un niño de unos doce años vestido con ropas gigantes de su equipo de baloncesto. El chico llevaba una mochila a la espalda y una pelota debajo del brazo. El perro se lanzó hacia él y lamió su cara hasta dejarla llena de saliva, que el muchacho limpió con la tela sobrante de la camiseta.
-¿Como estás, Jordi? ¡Qué temprano te vas hoy!- Dijo ella dirigiéndose al muchacho.
-Si... es que voy a lanzar unos tiros antes de entrar en clase. Uno no se puede despistar si quiere llegar a donde están los mejores.
-!Eso seguro¡- animó ella- y se volvió para subir los tres escalones que había delante de la casa, pero el perro la adelantó y entró de un salto. Entonces, intuyendo algo, se detuvo.
El chico se deslizó entre dos coches estacionados junto al bordillo. Cuando iba a echar a correr para cruzar, algo tiró del cordón de una de sus deportivas y se desató como por arte de magia. Un poco molesto se agachó y se dispuso a atarla.
En cuanto su cabeza desapareció entre los dos coches, un tercero pasó a toda velocidad llevándose consigo los embellecedores y espejos retrovisores de ambos vehículos. El incidente dejó tras de sí un montón de cristales rotos y plásticos esparcidos por toda la calle.
El muchacho no daba crédito. Alguien le había dado una segunda oportunidad y, sin duda, se veía en la obligación de aprovecharla.
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