Sentado en el rellano del portal se acurruca al cobijo de un perro flaco que acompaña su estampa de vagabunda soledad. Con un brazo rodea cariñoso el cuello de su fiel compañía, mientras el otro se alarga mostrando esa mano temblorosa y huesuda, que mendiga la ayuda de la procesión indiferente que acude a su jornada formato tecla y pantalla TFT.
Hoy no quiero evitarle. Me acerco despacio y observo la palma de su mano pedigüeña, herida y sucia, ajada por un laberinto de mil rayas que hablan de un pasado vivido al engaño de un sueño púber, refugio de un presente sin memoria y un hoy sin mañana.
Alargo mi mano a la suya aflojando mi caridad envuelta en un azul con número de serie. Él me mira con agradecido asombro, lejos del gesto mecánico que muestra a diario al tintineo de falsas compasiones. Y entonces, en el túnel formado al instante en que se cruzan nuestras miradas, ambos volamos tiempo atrás para reencontrarnos compartiendo pupitre en el aula de don Gabriel, jugando en el patio de recreo con el balón de Javier o enterrando tesoros al pie del ciprés que flanqueaba la entrada del colegio tras el muro de piedra. Y traspasado el umbral del tiempo donde los años son segundos, recomponemos nuestras realidades para dejar desnuda la fragilidad de nuestros destinos, esa que va más allá de las voluntades repartiendo al arbitrio el beneficio de la suerte en cada encrucijada.
Ha empezado a llover. Sin palabras, regreso al empedrado de la calle para seguir cuesta abajo camino de la plaza. Y al compás de mis pasos trato de recordar en qué momento dejamos de compartir el mismo barco para hacernos al timón de rumbos diferentes, afrontando en solitario las tormentas que nos alejan de los vientos favorables y los mares en calma.
La lluvia arrecia. Sin poder evitarlo vuelvo la vista aun a riesgo de encontrarme de nuevo con su mirada. El rellano está vacío. Unos metros más allá acierto a ver de espaldas su figura contrahecha y a su perro flaco siguiéndole de cerca. Avanza despacio. Bajo las cornisas. Encorvado. En dirección opuesta. Si acaso, capeando la suerte de su propio temporal.
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