Estoy haciendo cola para coger el avión de una compañía de bajo coste. El glamur de volar ha desaparecido: la chusma que me rodea parece un grupo de extras de una película de Fellini. La marabunta que sube conmigo al avión se comporta como un grupo de colegiales jugando al rugbi: mal organizados y con ganas de empujarse. Se cuelan, me empujan, y con 180 como ellos me siento a esperar el despegue. La azafata nos instruye sobre cómo sobrevivir a un impacto en el mar -«no lo hinche hasta salir del avión»-, ignorada por 90 guiris que, en silencio, se untan crema solar sobre los tatuajes, y por 90 españoles que simplemente se dedican a gritarse lo bien que se lo van a pasar. Entonces, cuando más convertido en ganado humano y más rodeado de chusma me siento, empiezo a hacer cuentas.
180 pasajeros, con un promedio de 18 donantes de sangre (altruistas). 70 menores de 25 años, un promedio de 16 voluntarios en alguna oenegé (solidarios). 60 mayores de 50 años, de los cuales 20 cuidan de familiares ancianos (entrega). 75 donantes de órganos, 18 que compaginan estudios y trabajo, 140 que donan regularmente a obras de caridad, 120 que están en contra de la guerra de Irak, 170 que consideran que el racismo es estúpido, etcétera. La chusma (yo también soy chusma de bajo coste ) está llena de buena gente: Volemos en paz.
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