El señor Lambrusco recibía todos los encargos. Gustavo Russo, el director comercial, lo odiaba.
Gustavo hacía las veces de gerente cuando el señor Petruci se ausentaba. Ni Russo ni Paolo Pertini se retraían a la hora de dar instrucciones reincidentes, repetidas y contradictorias a Lambrusco. Pero ni el mismo Petruci lo hacía, reprimirse digo. La señorita Rafaela, secretaria de planta, era su única aliada. También lo era el señor Amato, que era un joven idealista y arrogante, y que tenía menos rango en la editorial que el mismo Lambrusco. Pero Amato respetaba a su compañero. Sería quizá porque él hacía todo el trabajo, los informes de proveedores, los de clientes, la llevanza, liquidaba impuestos, servía cafés y pastas, atendía aspirantes a novelista, recibía viajantes, reparaba la imprenta, incluso en alguna ocasión les limpió las botas a los jefes. Pero Amato lo admiraba. Para él lo importante era la cantidad y la calidad del trabajo que hacía, y no la posición que ocupaba en Ediciones Napolitanas de Torquemada. Lombardo, el gordo jefe de Impresión de Incunables, se mofaba continuamente de él. Pero lo cierto es que Lambrusco tenía un expediente impecable. En veinticinco años de servicio no contaba con ninguna falta de asistencia ni de puntualidad. Aquel día en que empezaba el verano de 1489, aquel día digo, el señor Petruci llamó: -¡Lambrusco! -Y Salvatore Lambrusco no contestó. Silvio Petruci volvió a llamar -¡Lambrusco! -Pero su llamada fue infructuosa- ¡Lambruscoooooo! Y continuó, Russo: -¿Dónde está Lambrusco? -Russo grito-¡Lambrussscooooo! Russo le preguntó a Lombardo, Lombardo a Rafaela, Rafaela a Pertini, Pertini a Amato, y Amato, que era el último de la fila, miró de nuevo a Lombardo, el gordo Jefe de Impresión de Incunables; y dijo ante la mirada desorbitada de todos: -¿Lambrusco? ¡Coño, Lambrusco explotó!
-¿Cómo que explotó?- Dijo Petruci tomando de nuevo el mando. -¡Cojones, explotando! ¡Pummmmm!
-¿Pero cómo va a explotar? ¿Me está tomando el pelo, Amato?
-Noooooo, no le tomo el pelo, Petruci. Primero empezó a congestionarse cuando vio sus opulentas nóminas encima de la mesa, después empezó a echar bilis por la boca, a continuación empezó a inflaaar y a inflaaaar, después se empezó a deformar y, finalmente, finalmente explotó. Y luego se desintegró. Fue del calor del verano. Ahhh, por cierto, les deseó feliz Navidad. Fue cuando salió esta mañana con los boletos de la Lotto Napolitana que residían en las cajoneras de sus mesas?
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