Había una vez un pastor que vivía en una casa de madera que estaba cerca del bosque. Un día el pastor fue al bosque a coger leña, era invierno. El pastor llegó al bosque. En el medio del camino se encontró un pequeño lobezno muerto de frío, el pastor se lo llevó a su casa y lo puso al lado de la chimenea para que no tuviera frío.
Con los años, el pequeño lobo se acostumbró a vivir con el pastor. El lobo siempre lo acompañaba a llevar a las ovejas al prado. Un día el pastor estaba cansado y se fue a la cama a dormir un rato, era de noche y vinieron una pandilla de lobos muy hambrientos; el lobo intentó detenerlos, pero no lo consiguió. Los lobos se comieron 4 o 5 ovejas.
Por la mañana, el pastor se levantó de la cama y se vistió para llevar a las ovejas al prado. Se dirigió al corral, a sacar las ovejas, pero entonces vio a cinco ovejas vivas y a cuatro muertas, el pastor se puso un poco triste y entonces salió del corral pensando que su lobo las había matado. El pastor, sin pensarlo dos veces, se acercó al lobo y con una escopeta le disparó.
Lo mató, pero después miró para delante y vio a la manada de lobos que habían matado a las ovejas y se arrepintió de haber matado a su lobo, se fue a la cama y se quedo dormido llorando.
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