La soledad es un agujero que desprende hedor a carne escaldada, pero estos cismas bochornosos son un buen lugar para aquellos que de la pertinaz saliva obtienen agua de lluvia.
-Hace más de treinta años que no sé nada de ti, ¿recuerdas aquella mañana en el Norfolk Hotel?
Fue en Nairobi y tú apareciste brevemente, acariciaste mi pelo aprovechando que cabeceaba y mi cuerpo entorpecido se dejó consumir como imaginé en tantas ocasiones y en tantos momentos a solas.
Vengo de ver mundo...
Un mundo abatido que se oculta tras los diamantes de la quinta avenida y el agua envasada, tras el caviar y la penuria, tras el grito de los inocentes y de los armatostes blindados.
Nunca supe de guerras ni de hambre, ni de aquellas resueltas niñas que vencían al estómago con piel de militares americanos en Bangkok.
Tu no deberías saber esto. Ahora he vuelto a casa, a la costa, al mar, y cada mañana me siento al filo de la cama para observar el paso del tiempo sobre las cosas que me envuelven y con las que comparto destino e inmovilidad, y es ahí donde te echo en falta.
He perdido fuelle, apenas escribo, en mi última novela me vencí, y ya no sé que hacer para devolverles a mis sentidos el natural reflejo de las charcas y lagunas, aquellas en las que crecí sirviéndoles mijo dorado a los patos y que alimentaban mi fantasía muchos años antes de las detonaciones y la hambruna, mucho antes incluso de haberte esperado y no mucho después de decidir que mi vida tendría sentido si cierro los ojos unos instantes al romper el día... como aquella mañana en el Norfolk Hotel.
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