El motel había quedado en penumbra en el mismo instante en el cual la metamorfosis hacía su efecto. En dos copas de helado del mostrador del fondo, reposaban dos ojos amarillos cansados de tanta humedad. ?Sus miradas vacías se escondían de unos párpados carcomidos, por el sentimiento revestido de su progenitor. El progenitor que se arrastraba escaleras arriba, en busca de unos pies rotos que disimular. Sus atribulados zapatos se frotaban el uno contra el otro, en el acantilado del vestíbulo. La señal era la justa: el baile de los disfraces desiguales había comenzado.
Así, codo al hombro, los cuerpos semidesnudos y sus huesos oculares danzaban al son del oído de la música acristalada. Su hilo disidente deambulaba entre unas flácidas carnes que envolver. Unos sabores añejos en la sombra, que se preguntaban el porqué de tanta distancia similar. Tal vez el desmesurado apresuramiento de su dolor abocaba un final cariacontecido en la estepa de su terquedad.
Pero no, la verdad sobrehumana no conseguiría subyugar otra vez más al invitado locuaz de la barbarie. Él no era ni de cerca el culpable del exterminio del acecho. Él era el torturado guardián infiel en la espera. El que manaba en la perversión, cuando el miedo no llegaba a ausentarse. El reflejo de un cuerpo que resplandecía al exterior, cuando aparentaba parecer la sustancia de una misma pérdida por extinguir. La realidad del consumo más atroz. Esa que disfrutaba con los ecos del eufemismo más descuidado. La quimera oculta tras un porvenir extrañamente sanguinolento. Quizás por eso, la espesura colgaba de la aguja del reloj de las tres menos diez.
El mismo que en una extensión anterior marcaba la huella de la señal de la necedad, sin ningún motivo real. Su razonamiento era el habitáculo abierto a un desfallecido aspecto. El atril del dominio domesticado por el lazo del más bello de los presentes. Una veracidad doblemente escandalosa en su fortuna. Una entidad que siempre será el mal obsceno de los éxtasis de la copa de la aguja sin reloj.
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