Yo nací como todos nacemos, del vientre de nuestra madre. Allí es donde estuve durante los nueve meses anteriores al parto.
Es como una nube de algodón en la que flotas y parece que estás volando. En ella me sentía muy a gusto. Me alimentaba gracias a un largo y estrecho tubo llamado cordón umbilical.
En el parto hubo complicaciones. Es decir, tan a gusto me sentía que no quería salir de allí.
Intentaba agarrarme a lo que pudiera, pero el sitio por el que pasaba era cada vez más estrecho. Estuve por echarme a llorar.
Justo en ese momento oí una voz que llegaba del más allá iluminada por mis reflejos. Me dijo:
-¡Mi vida!, ¿por qué no quieres salir de aquí?
-Porque aquí estoy muy a gusto y allí afuera la vida es mala.
-Hay cosas bellas en la vida y no puedes dejarlas de lado. Allí podrás ser muy feliz- me contestó aquella voz.
-En la vida no tendré ángeles y aquí siempre los tendré- le añadí.
-Eso no es cierto. Yo te mandaré dos ángeles buenos que te cuidarán y serán tus padres- me respondió.
En aquel momento me di cuenta de las cosas buenas que puede haber en la vida. Supe que no valía la pena agarrarme a nada y decidí soltarme.
Cuando salí, vi la cara de alegría de mi madre. Era pacífica y me daba una sensación de confianza.
Todos estaban muy alegres, en especial mi padre, que me daba abrazos y no me dejaba respirar.
Me sentía bien al hacer felices a los demás. La voz mágica tenía razón, las cosas en la tierra pueden ser maravillosas.
A lo largo de los años, fui comprobando muchas cosas bonitas de la vida, hay momentos tristes, pero gracias a mi familia y amigos se pueden superar.
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