Vagan lentas las horas por el atardecer estival del pueblo olvidado. En el sobrio campanario baten los cuartos, reverberando ecos añejos y recios, desapercibidos para los parroquianos por monótonos y rutinarios. Entre anaranjados y malvas se desdibujan siluetas exhaustas, traficantes de silencios en busca de reposo. Las sombras toman las calles respetando umbrales cuando se adivinan remotos puntos de luz temblorosos y tímidos, decididos a recuperar el efímero protagonismo que una triste farola ámbar sueña con arrebatar. Una breve eternidad los multiplicará en ejército arrogante al que rendir misteriosas e inabarcables fronteras.
En un viejo abedul escondido, mil pájaros buscan cobijo para superar la oscuridad inminente, discutiendo sin recato acordes menores de una nana colectiva falta de compás que se pierde en la distancia.
Dos niños, los únicos que aquí recoge el autobús escolar, corretean desabridos por la plaza toscamente empedrada, contagiados de la espesa quietud que domina el crepúsculo. Se comunican en silencio, ahorrando palabras para gritarlas mañana en diferente escenario.
Oscuras herencias debidas a pérdidas irreparables uniforman a sus madres, y a las de los que crecieron y se marcharon cualquier día buscando otros atardeceres. Lo hicieron en el mismo tren que ahora serpentea entre las colinas, más allá de la vaguada huérfana de arroyos, como una luciérnaga en la distancia. El tiempo, lo único que pasa en el pueblo, se llevó con su paso niños, trenes y luciérnagas.
Adosados al frontal de un par de casas, sendos tablones improvisados a manera de bancos guardan en sus muescas historias inacabadas, alegrías compartidas, llantos consolados, pasiones insatisfechas, críticas despiadadas, pensamientos obscenos.... Desayunos de vívidas esperanzas y, otra vez, resignadas cenas. Un viejo toma asiento buscando la fresca. Prende un pitillo prohibido por el médico y por la ley, y observa. Contempla los días que van y vienen para y de ningún lugar. Como las olas de un mar lejano. Como el olvido.
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