Hay dos mocosos sentados debajo del puente de San Juan. La pandilla ya se ha ido, ellos se han quedado porque Fran está medio mal con su pierna infectada y Lourdes se ha quedado a cuidarlo. Nunca lo confesaría, pero está un poquito enamorada de Fran con sus pelos negros revueltos y la expresión de hombre decidido dibujada por tesón en su cara de chango algo mugrienta. La verdad es que no sabe muy bien en qué consiste eso de cuidarlo, ni siquiera tiene para hacer fuego y calentar agua. Al menos acá están a resguardo y secos en medio del revoltijo de periódicos con el que se abrigaron durante la noche.
Cae la llovizna en la calle, como tranquilizadora. Lima está gris en julio, el rugido de las micros atenuado por el velo friolento que cubre la ciudad de la mañana a la noche. Lourdes se sopla las manos entumecidas. Parece mentira que apenas hora y media más allá, arriba en la sierra, brille el sol, piensa, mientras le da vueltitas a una piedra y le echa de vez en cuando una mirada a Fran por el rabillo del ojo, como quien no quiere la cosa.
De su niñez en Huaraz no recuerda un solo día de lluvia tan persistente como la de Lima, sólo torrentes de agua que caían de pronto y el sol que, tímidamente, volvía a abrirse paso entre las nubes. Fran mastica hojas de matico y escupe el líquido verde oscuro sobre la herida. Jamás gemiría en presencia de una mujer, pero la verdad es que duele. No sabe qué es lo que le duele más: la herida del tobillo o el recuerdo del guachimán que le arrebató el bolso de la vieja pituca y lo pateó con sus botas de macho bruto. Para qué se mete: total, si a los cuidadores de los barrios ricos les pagan una miseria. Aún recuerda el jadeo del hombre al perseguirlo, mientras él se alejaba a la máxima velocidad que le permitía la súbita cojera. «Oye», dice de pronto Lourdes, sólo como para escuchar su voz en medio de la bulla de motores y bocinas. «Qué tal si nos vamos a la sierra, eh.» Pero Fran sigue delimitando los bordes de la herida como para convencerla de que no se pase de ahí. «Podríamos -continúa la voz de Lourdes- tener una chacrita con ovejas y vacas y una estufa de leña para cocinar». Y canturrea: «Blanca ovejita, paucar palomita». «Ya, chata», gruñe por fin Fran. «Pará nomás de hablar sonseras». Levanta la cabeza oteando el horizonte de la gran ciudad. Pronto aparecerá la pandilla. No les habrán olvidado. Traerán algo para comer. Tal vez algo calentito. Siquiera un pancito, tibio y generoso como el sol de la sierra.
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