El sol castigaba la ciudad, el bochorno de verano me golpeó cuando salí a la calle. Yo llevaba una camiseta verde que dejaba los hombros al descubierto, a la espalda una mochila con lo esencial para un día de playa, y en la mano los libros que dejaría en la biblioteca de camino. Doblaba la esquina de la calle Infancia cuando tropecé con él. Los libros cayeron esparciéndose por la acera, al rescatarlos reparé en los zapatos de aquel hombre, de un negro brillante y cordones perfectamente anudados. -¿Esto es tuyo? -me dijo mientras sostenía en su mano derecha El Principito .
-Gracias -contesté-. No puedo perderlo, llevo en él un planeta -una estúpida sonrisa se dibujó en mi cara.
Descubrí entonces que el hombre nostalgia llevaba una perilla cuidada, su sonrisa era una extraña mueca de tristeza que dejaba al descubierto unos dientes sorprendentemente blancos. Sus manos parecía suaves... ¡Menos mal que no llegué a tocarlo! Sus dedos largos daban la sensación de que podría atrapar cualquier cosa.
-Claro, entonces yo no sabía quién era él- sus ojos azules, de un cristalino atrayente, poseían una profundidad poco común, como si en ellos existiera otra vida. Su voz me devolvió a la realidad, era aterciopelada y te mecía con sus palabras.
-Creo que te conozco -dijo-. Eres... ¿Lucía?
-¡Sí! -dije aturdida al escuchar mi nombre.
-Recuerdo la primera vez que te vi, era verano, tu rostro mostraba despreocupación y tus ojos resplandecían.
Sería sencillo quedarse con él para siempre, sus palabras, su expresión... Te hipnotizaba, te atraía mediante pensamientos, se introducía en tu cerebro privándote de voluntad. Mis pies continuaban clavados al suelo mientras la ciudad seguía su curso sin mí. Tal vez... ¿Más rápido de lo normal?
-Bueno, Lucía, espero volver a verte. Yo doblaba la esquina de la calle Infancia, pero... ¿Y mis libros? Adónde iba ya no lo recordaba. Era de noche y la luna llena adornaba la ciudad. Sólo crucé cuatro frases con el hombre nostalgia y habían pasado nueve años. «El tiempo sólo transcurre para los que están vivos», susurró el viento en mi oído.
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