Un balneario, un monasterio, áreas recreativas y hasta una ruta de senderismo configuran los alrededores
Hace unos cuantos años, un director xeral de la Administración Fraga tuvo una idea: recuperar el poblado minero de Fontao, construido para facilitar una vivienda digna a los mineros que en condiciones lamentables extraían el wolframio. La historia fue cruel: diseñado siguiendo una filosofía arquitectónica importada de los países nórdicos, solo llegó a ser habitado en los estertores de la mina, porque el wolframio vio cómo su precio se hundía después de la Segunda Guerra Mundial y a pesar de la guerra de Corea. Y es que el wolframio se utilizaba sobre todo -y era insustituible- para fabricar cañones. Y ya se sabe: no hay guerra que se precie sin cañonazos a diestro y siniestro.
Así que las minas se fueron abandonando -el 9 de mayo de 1963 se cerraron, aunque continuó la explotación a cielo abierto hasta 1974- y aquellos edificios vieron cómo la vegetación avanzaba. Ese director xeral, de nombre José Antonio Redondo, era un visionario con los pies en el suelo, así que se lió la manta a la cabeza y organizó la recuperación de esa aldea artificial y la concesión de las viviendas para darle la vida que la historia le había negado, si bien es cierto que toda esa parte final del proceso no la desarrolló él sino el Gobierno bipartito de Touriño. Una estupenda acción, la de uno y otros, que algún día habrá que reconocer.
El resultado es un barrio muy atípico en el norte de Pontevedra, municipio ayer identificado como Carbia y hoy como Vila de Cruces, donde todavía residen algunos mineros o sus descendientes que se convirtieron en argumento de tres novelas, dos de ellas reeditadas por Redondo y que se titulaban La balada del wólfram y ¡Wólfram, wólfram! Varias de esas personas recuerdan todavía que la carretera estaba no solo sin asfaltar, sino que era poco más que una corredoira, lo cual dificultaba hasta niveles extraordinarios la salida del mineral y, como efecto colateral, un contrabando muy lucrativo que jamás cesó a pesar de la actividad constante de la Guardia Civil. De hecho, los primeros que explotaron las minas, en el siglo XIX, fueron los ingleses y más tarde los franceses, y se desesperaban porque nadie les construía algo que se pareciese a una carretera. Había otras posibilidades en Fontao, insólitas hasta entonces. No la iglesia, claro, siempre presente, sino que disponía en aquellos años de escuela, campo de fútbol y de... ¡cine!
Fontao tiene además una ventaja: se halla en una zona poco frecuentada, pero con elementos relevantes. Por ejemplo, un reconocido aunque algo ignoto balneario (Baños de Brea), un monasterio más popular e impresionante (Carboeiro), una ruta señalizada de senderismo (la que va desde el propio Carboeiro hasta la fervenza del Toxa), un artesano de zuecos y cuero (en la salida de Merza hacia Vila de Cruces, a la derecha y al mismo borde de la carretera, gente muy amable y buenos profesionales), un área recreativa...
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