El lecho marino gallego guarda inmensas riquezas que no son solo de oro y joyas, sino también valiosos yacimientos arqueológicos que aún no han sido debidamente estudiados
Una costa accidentada y peligrosa y ser paso obligado de vitales rutas marítimas internacionales han sido el cóctel perfecto para convertir Galicia en uno de los puntos de Europa con mayor número de barcos hundidos. Un auténtico cementerio marino que conforma un enorme patrimonio histórico que yace silencioso en el fondo del océano a la espera de ser estudiado y recuperado. Un bien cultural que es necesario proteger de los modernos cazatesoros y que, además, en muchos casos, es posible explotar económicamente.
La historia negra del mar de Galicia está llena de nombres propios. Más allá de los archiconocidos pecios de la batalla de Rande y del casi seguro inexistente tesoro tantas veces buscado y jamás hallado en la ría de Vigo. Más allá también de la fama mundial del Santo Cristo de Maracaibo, uno de los galeones de esa lucha entre españoles y franceses contra ingleses y holandeses en 1702 con la plata de América como botín. La leyenda dice que en este barco los británicos cargaron todas las riquezas que robaron aquel día y que el oro y las fabulosas joyas yacen desde entonces en algún lugar al sur de las islas Cíes, donde duerme el pecio tras chocar contra los bajos de Castros de Agoeiro cuando ponía proa a la Gran Bretaña.
Pero en los fondos marinos gallegos hay mucha más realidad que leyenda. Entre los yacimientos arqueológicos submarinos que requieren de la Xunta un mayor impulso a su estudio, conservación, protección y difusión destaca el de la denominada flota de Padilla. Son unos 25 barcos de diverso tipo que se hundieron en Fisterra cuando un gran temporal sorprendió a la armada de 175 embarcaciones que el rey Felipe II encargó formar en 1596 a Martín de Padilla para llevar a cabo una operación de castigo en Inglaterra. Una represalia por la última acción del pirata Francis Drake en España. Al fondo se fueron 1.800 marineros, lo que constituye la mayor catástrofe naval de Galicia, pero también los 36.000 escudos que llevaba el galeón San Jerónimo para pagar a las tropas. Pero el verdadero tesoro a recuperar y proteger, como casi siempre, es más de historia, de cañones, de utensilios de la vida cotidiana y de municiones que de oro y brillantes.
Otro nombre con mayúsculas en el patrimonio submarino gallego es el RMS Douro, un vapor inglés con una historia que tiene puntos en común con la tan evocadora del RMS Titanic. Mucho más pequeño -cien metros de eslora por los 267 del Titanic-, era también un barco que transportaba pasajeros y correo desde Europa a América. Su interior era también muy lujoso y sus noches a bordo estaban repletas de glamur, buena cocina, música y mesas a las que se sentaban exitosos empresarios, diplomáticos y nobles. En su última travesía partió de Brasil, hizo escala en Lisboa y acabó hundido frente a la punta de Laxe. Como en el caso del Titanic, el capitán Mr. Kemp también tenía prisa por arribar a su destino y ordenó navegar a toda máquina. El iceberg del Douro no fue de hielo, sino de metal y con nombre vasco: Irurac Bat, un barco contra el que chocó en la madrugada del 1 de abril del año 1882.
Al fondo no solo se llevó a 73 personas, sino las 100.000 libras esterlinas que iban en su caja fuerte y en cuyo intento de rescate halló la muerte el pobre Mr. Kemp.
Hay más nombres ingleses famosos en esta historia. El HMS Serpent es uno de los más conocidos. Un vapor acorazado de la Marina británica que se fue a pique en 1890 tras chocar con los bajos de la punta de Boi, en Camariñas. Perecieron 172 de sus 175 tripulantes y de los dos grandes cofres con monedas de oro que portaba para pagar a las tropas inglesas de África del Sur solo se pudo recuperar uno. Sobre el otro, circulan todo tipo de leyendas.
También halló su tumba en Galicia el acorazado HMS Captain, otro barco de guerra inglés al que un temporal envió al lecho marino junto a 488 de sus marineros. Es la tercera mayor tragedia humana de la historia en las costas gallegas.
La cuarta fue la del vapor mixto alemán Salier, que en 1896 se hundió en los bajos de Corrubedo llevándose con él a 281 personas, la gran mayoría emigrantes europeos que soñaban con una nueva vida en América. Cuando se produjo el siniestro era de noche. La mayoría del pasaje dormía y no tuvo posibilidad de salir del barco. Cuentan que dos buzos gallegos que bajaron hasta los cuarenta metros de profundidad donde reposa el pecio hallaron muchos restos humanos dentro y que volvieron a tierra con una macabra y terrible imagen grabada para siempre en sus retinas.
También fue famoso por trágico el hundimiento en 1895 del vapor mixto francés Don Pedro, una vez más en los peligrosísimos y traicioneros bajos de Corrubedo. Otros 89 emigrantes europeos de camino a Brasil y Argentina hallaron la muerte cuando, a pesar del mar en calma, el buen día y que eran las cuatro de la tarde, el barco se estrelló contra unas rocas. La enorme vía que se abrió en el casco hizo que el agua fría del mar llegase hasta las calderas y las hizo reventar. En cinco minutos, el Don Pedro estaba en el fondo con los diamantes, joyas y oro que se dice había en su caja fuerte. Una creencia que lo ha hecho objetivo de los cazatesoros. Tres británicos fueron condenados el año pasado por su expolio, pero se tiene constancia de otros intentos. Esta es una ínfima porción de la historia. La mayor parte sigue esperando en el fondo del mar para ser recuperada y puesta a salvo de los expoliadores.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios