En el Concello de Lugo se vanaglorian de la construcción de un nuevo puente que «pretende lograr la máxima integración ambiental y urbana en el singular entorno del río... y mejorar decisivamente la permeabilidad entre ambas márgenes de la ciudad». Sin embargo, a pocos cientos de metros, uno de los comentarios más habituales entre vecinos de Conturiz y Nadela es que «ahora ya no nos vemos». La zona periurbana de salida hacia la N-VI que discurre paralela al Miño se ha transformado en un complejo de rotondas, muros de cemento y asfalto en cuatro carriles. Ante el hormigón armado, o parque o arrabal. Porque la Tolda de Castela, al final de la avenida de Madrid donde un día se venderán cientos, quizá miles de pisos nuevos, es un lugar acorralado en la salida del río Rato.
Los vehículos desalojados del casco histórico para mejor solaz y negocio en la rúa Raíña, mandan aquí sobre la integración ambiental y humana. Nada de peatonalización. Carretera y manta. La fragmentación del entorno se completa con las eufemísticamente llamadas «vías de servicio» y hay casas con vistas a muros de cinco metros de cemento y un tráfico incesante a la altura del dormitorio.
Una de ellas es la vivienda conocida como casa de O Cuco, situada en la curva del mismo nombre, donde hoy difícilmente habitaría el pájaro. Fue construida, según sus moradores, en 1975. «Tería eu 15 anos e foi porque nos tiraron a casa vella cando ampliaron a N-VI. Ao expropiárnola, tivemos que facer outra no fondo da finca», explica Pablo Iglesias. La familia nunca imaginó que al cabo de tres décadas tendrían que retirarse de nuevo ante el tráfico hasta quedar la parcela en un «cuarterón». Su penúltimo problema son las aguas pluviales y de un regato, ahora conducidas hasta el mismo pie de la casa por una tajea. Al otro lado de los muros de contención y los cuatro carriles hay vecinos, más viviendas que también han quedado «asombradas» por la obra.
Entorno artificial
La N-VI en la salida de Lugo hacia Madrid se había convertido en un trayecto de puntos negros con accidentes de tráfico continuos en los que perdieron la vida muchas personas. Pero la obra para desdoblar el tráfico en ese mosaico de intersecciones con curvas, naves industriales, chalés y antigua aldea no satisface a parte del vecindario: se discute la ubicación de una pasarela sobreelevada, hay que dar rodeos para llegar a las huertas, y el entorno es tan artificial como las numerosas pantallas para atenuar el ruido del tráfico.
La ciudad crece sobre ellos. «Ou pasáronse co cemento ou quedáronse curtos no investimento preciso para facer unha boa obra», duda un vecino. Si antes Iglesias accedía a su garaje bajando por una rampa, hoy tan pronto como se levanta ve pasar camiones a la altura del tejado. «Pero meus pais xa estaban maiores para outro traslado», explica, como reconoce también su madre, Josefa Sánchez, de 83 años. En su día les expropiaron y derribaron la primera vivienda, conocida como casa de Plácido. Hoy al menos quisieran poner lo que les resta de finca al nivel de la vía de servicio. Pero lo tienen difícil.
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